Remedios, la bella

5.9.09

Remedios, la bella —hija de Santa Sofía de la Piedad y de José Arcadio, el del pene descomunal— era de una belleza fatal. Tanto que provocaba la muerte de quienes se enamoraban de ella. Su existencia resulta casi milagrosa, pues no murió, sino que se elevó al cielo como la Virgen María.

Me pregunto si en la vida real existen mujeres con el “don” de destruir a los hombres, y la respuesta es que sí. Las hay. Capaces de provocar su perdición, con sus irresistibles encantos, como las que usaban las sirenas para atrapar a Odiseo.

Para comprobar cómo de mortal era la belleza de Remedios, la bella, leamos el presente extracto de Cien años de soledad del maestro Gabriel García Márquez.

"A veces se levantaba (Remedios, la bella) a almorzar a las tres de la madrugada, dormía todo el día, y pasaba varios meses con los horarios trastrocados, hasta que algún incidente casual volvía a ponerla en orden. Cuando las cosas andaban mejor, se levantaba a las once de la mañana, y se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el baño, matando alacranes mientras se despejaba del denso y prolongado sueño. Luego se echaba agua de la alberca con una totuma. Era un acto tan prolongado, tan meticuloso, tan rico en situaciones ceremoniales, que quien no la conociera bien habría podido pensar que estaba entregada a una merecida adoración de su propio cuerpo. Para ella, sin embargo, aquel rito solitario carecía de toda sensualidad, y era simplemente una manera de perder el tiempo mientras le daba hambre.
Un día, cuando empezaba a bañarse, un forastero levantó una teja del techo y se quedó sin aliento ante el tremendo espectáculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a través de las tejas rotas y no tuvo una reacción de vergüenza, sino de alarma.
—Cuidado —exclamó—. Se va a caer.
—Nada más quiero verla —murmuró el forastero.
—Ah, bueno —dijo ella—. Pero tenga cuidado, que esas tejas están podridas.
El rostro del forastero tenía una dolorosa expresión de estupor, y parecía batallar sordamente contra sus impulsos primarios para no disipar el espejismo. Remedios, la bella, pensó que estaba sufriendo con el temor de que se rompieran las tejas, y se bañó más de prisa que de costumbre para que el hombre no siguiera en peligro. Mientras se echaba agua de la alberca, le dijo que era un problema que el techo estuviera en ese estado, pues ella creía que la cama de hojas podridas por la lluvia era lo que llenaba el baño de alacranes. El forastero confundió aquella cháchara con una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empezó a jabonarse cedió a la tentación de dar un paso adelante.
—Déjeme jabonarla —murmuró.
—Le agradezco la buena intención —dijo ella—, pero me basto con mis dos manos.
—Aunque sea la espalda —suplicó el forastero.
—Sería una ociosidad —dijo ella—. Nunca se ha visto que la gente se jabone la espalda.
Después, mientras se secaba, el forastero le suplicó con los ojos llenos de lágrimas que se casara con él. Ella le contestó sinceramente que nunca se casaría con un hombre tan simple que perdía casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, sólo por ver bañarse a una mujer. Al final, cuando se puso el balandrán, el hombre no pudo soportar la comprobación de que en efecto no se ponía nada debajo, como todo el mundo sospechaba, y se sintió marcado para siempre con el hierro ardiente de aquel secreto. Entonces quitó dos tejas más para descolgarse en el interior del baño.
—Está muy alto —lo previno ella, asustada—. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompió el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento. Los forasteros que oyeron el estropicio en el comedor, y se apresuraron a llevarse el cadáver, percibieron en su piel el sofocante olor de Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con el cuerpo, que las grietas del cráneo no manaban sangre sino un aceite ambarino impregnado de aquel perfume secreto, y entonces comprendieron que el olor de Remedios, la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la muerte, hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de horror con los otros dos hombres que habían muerto por Remedios, la bella. Faltaba todavía una víctima para que los forasteros, y muchos de los antiguos habitantes de Macondo, dieran crédito a la leyenda de que Remedios Buendía no exhalaba un aliento de amor, sino un flujo mortal".

7 comentarios:

Anónimo dijo...

En realidad Remedios la bella es nieta del Jose Arcadio Hijo el que ud menciona, es hija de Arcadio (tercera generacion).

rameshenao dijo...

José Arcadio era su abuelo no su padre...

Juan César dijo...

Tienen toda la razón. Correción entonces. José Arcadio es abuelo de Remedios la bella

daniel ramon guerra dijo...

Hija de Arcadio. CREO TIENES QUE RELEER LA NOVELA Y DEJAR DE COPIAR Y PEGAR DE OTRAS PAGINAS.

Lizette S dijo...

Arcadio, que es hijo de José Arcadio con Pilar Ternera. Cuando pilar lo va a dejar a la casa de los Buendía, estos deciden poner José Arcadio, pero para que no hubiera confución con el padre y el abuelo, deciden nombrarlo solo Arcadio.

Daniel sanca romero dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Daniel Sanca dijo...
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