Los inocentes

23.1.12


—¡Ángel!
—¿Sí, madre?
—¿Ya has olvidado lo que te encargué anoche?
—¿Lo que me encargaste…?
—Lo de tu hermano.
—Ah, sí, mi hermano. Claro. No, no lo he olvidado, madre.
—Bueno, y qué esperas.
—Voy a su cuarto ahora mismo.
—No, a su cuarto no. Con el pretexto de cagar, el muy vivo se ha encerrado en el baño hace media hora. Ve y sácalo.
—Enseguida.
***
—¡Abre la puerta, animal!
—Espera.
—¡Te digo que la abras!
—Ya, pero… espera un ratito… me duele el estómago.
—¿Te duele el estómago? ¿Es que crees que soy imbécil? ¡Sal de una vez!
—Un segundito nada más.
***
—Mamá, aquí lo tienes, ¿qué hago con él?
—Llévatelo a la sala. Vamos a enseñarle lo que es bueno.
—Mamita, no, perdóname, perdóname. Que no me haga nada, me dolía la barriga.
—¡No hay perdón, so ladrón! Lo que has hecho, no se le hace a una madre. Vamos, Ángel, llévatelo.
—Ya oíste, sígueme.
—Oye, me estás apretando el brazo, me duele.
—Te digo que me sigas, idiota.
***
—Con que le robaste a mamá, ¿no?
—No, no lo hice.
—¿Quieres decir que mamá miente?
—No, yo no digo eso, sólo digo que no robé nada.
—¡Mamá dice que sí lo hiciste, ratero! ¡Toma! Esto te enseñará a no robar.
—¡Nooo! ¡No me pegues, con la manguera no! ¡Me duele, hermanito! ¡Me duele!
—¡Toma, ladrón! ¡Toma, ratero!
—¡Me duele, me duele! ¡No volveré a hacerlo! ¡Juro que no! ¡Perdón, perdón!
****
—¿Lo castigaste?
—Sí, madre. Ahí lo tienes.
—Oye, ratero, ponte de pie, ¿por qué estás echado en el piso? Te pareces a esos ladrones profesionales que se arrojan al suelo para evitar que los policías les den duro. ¡Párate, idiota!
—Ya oíste a mamá. Párate.
—No quiero pararme.
—¿Qué has dicho?
—¡Que no quiero pararme!
—¿Has oído eso, madre?
—Dale una más. Eres su hermano mayor. No dejes que te falte el respeto.
—¡Toma, maldito!
—¡Nooo! ¡Me duele, me duele!
—¡Toma, perro, toma, toma y toma!
—Mamita, mamita, dile que no me pegue, me duele. Dile que ya no. Perdón, perdón.
—Dale más, dale otra, para que nunca más se le ocurra meter la mano a mi cartera.
—¡Perdóoooon!
—Continúa dándole. Un poco más.
—¡Perdóoooon! Que ya no me pegue. Que ya no me pegue, mamita. He robado, sí, he robado, pero te pido perdón, te pido perdón. Además, yo no he robado solo, mamá.
—¿Cómo? ¿Qué dices? Ángel, detente un momento, deja que hable. Repite lo que has dicho, animal.
—Que yo no he robado solo, mamita.
—Entonces, ¿con quién has robado?
—Con él.
—¿Qué?
—Sí, con él, con Ángel. Me dijo que agarrara tu monedero. Saqué diez y él se quedó con ocho. Te lo juro, mamita, por diosito, él me dijo que lo hiciera.
—¿Es cierto eso, Ángel?
—Por supuesto que no, madre. Encima de ladrón, ahora se ha vuelto mentiroso. ¡Toma, desgraciado, toma, toma!
—¡Nooooooo! ¡Dueleeee!

1 comentario:

Fernanda Medina dijo...

Pero que triste, ¿cómo se llama el cuento?

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