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Cómo enseña a escribir Stephen King

24.9.14

Antes de conocer el éxito literario, Stephen King fue profesor de lenguaje en un colegio. Rememorando sus días a cargo de una clase de secundaria, el aclamado autor comparte su opinión sobre la gramática, las lecturas y explica por qué descubrir la gran literatura es como perder la virginidad.


Mientras escribo, de Stephen King, ha estado presente en mis clases de lenguaje por años, pero no fue sino hasta este verano cuando comencé a enseñar en un centro de rehabilitación de drogas y alcohol, que descubrí su verdadero valor en plenitud. Durante semanas luché por sintonizar con mis desintoxicados, frustrados y reacios alumnos. Saqué a relucir mis mejores lecciones y eché mano a mis mejores trucos, pero salvo por una entusiasta lectura en voz alta de El corazón delator de Poe, fracasé en captar su atención o imaginación.

Hasta el día en que repartí ejemplares de Mientras escribo. Las memorias de King son más que un inventario de la caja de herramientas del autor o un voyerista vistazo a su prolífica y exitosa vida dedicada a la escritura. Allí King hace un recuento de sus años como profesor de lenguaje en secundaria, de su propia recuperación de la adicción al alcohol y las drogas, además de su amor por sus alumnos (“incluso los del tipo Beavis y Butt-Head”). Y, lo más importante, cautiva al lector con su honesto recuento de los desafíos que enfrentó, y promete redención a cualquiera que esté dispuesto a acercarse a la página en blanco con una meta.

Le pedí a King que se explayara sobre las partes de Mientras escribo que más me gustan: los aspectos esenciales de la enseñanza, los detalles más curiosos de la gramática, y sus ideas sobre cómo incentivar el amor por el lenguaje en nuestros alumnos.

Ud. escribe que enseñó gramática “exitosamente”. ¿Cómo definía el “éxito” cuando hacía clases?

Para empezar, éxito es mantener la atención de los alumnos y, luego, hacerles ver que la mayoría de las reglas son bastante simples. Siempre comenzaba diciéndoles que no hay que preocuparse mucho de cosas como los verbos raros, y que sólo recordaran hacer concordar el sujeto y el verbo. Es como lo que decíamos en Alcohólicos Anónimos: “Mantenlo simple, estúpido”.

Cuando las personas me piden que nombre mis libros favoritos, tengo que solicitarles que amplíen su petición: ¿para leer o para enseñar? Ud. da una fantástica lista de libros para leer al final de Mientras escribo, pero ¿cuáles fueron sus favoritos para enseñar, y por qué?

Al llegar a las clases de literatura, cuando mayor suerte tuve con los alumnos de secundaria fue al enseñar el largo poema Caída, de James Dickey. Es sobre una azafata que es succionada desde un avión. Ellos vieron enseguida que era una amplia metáfora de la vida misma, desde que naces hasta que mueres, y les gustó el rico lenguaje. Tuve mucho éxito con El señor de las moscas (de William Golding) y con cuentos como Una rubia imponente (de Dorothy Parker) y La lotería (de Shirley Jackson). (Ellos debatían sobre la cagada que queda en este último… me río de sólo recordarlo). Ninguno puso un libro de gramática en su lista de lecturas fascinantes, pero Los elementos del estilo (de William Strunk, Jr. y E.B. White) todavía es un buen manual. Los chicos lo aceptan.

Ud. escribe: “Los principios gramaticales de la lengua materna, o se absorben oyendo hablar y leyendo, o no se absorben”. Si eso es verdad, ¿por qué se enseña gramática en el colegio? ¿Por qué molestarse en nombrar las partes?

Cuando nombramos las partes, quitamos el misterio y convertimos a la escritura en un problema que puede ser resuelto. Solía decir a mis alumnos que si eras capaz de ensamblar un auto a escala o las partes de un mueble siguiendo las instrucciones, podías escribir una oración. Aunque leer es la clave. Si un chico o chica crece oyendo “no me interesa” y lo lee una y otra vez, sólo podrá aprender que no es capaz.

Aunque amo enseñar gramática, tengo conflictos con la utilidad del análisis morfosintáctico. ¿Usted lo enseñaba? Y si era así, ¿por qué?

Lo enseñé, siempre empezando por decir: “Esto es por diversión, como resolver un crucigrama o un Cubo de Rubik”. Les decía que lo tomaran como un juego. Les daba oraciones para analizar como tarea para la casa, pero les prometía que no haría pruebas sobre aquello, y nunca lo hice. ¿De verdad enseñas eso? ¡Bien por ti! Pensé que ya nadie más lo hacía.

En la introducción de Los elementos del estilo, de Strunk y White, este último repasa la instrucción de Strunk de “omitir palabras innecesarias”. Aunque sus libros sean voluminosos, su escritura se mantiene concisa. ¿Cómo decide qué palabras son innecesarias y cuáles se requieren para expresar algo?

Es lo que oyes en tu cabeza, pero nunca es correcto a la primera. Entonces, tienes que reescribir y revisar. Mi regla general es que un relato de 3.000 palabras debería ser reescrito en menos de 2.500. No siempre es así, pero sí la mayoría. Lo que necesitas es sacar todo en lugar de sentarte y no hacer nada. ¡No se permiten flojos!

Por extensión, ¿cómo puede un profesor ayudar a sus alumnos a reconocer qué palabras requiere su propia escritura?

Siempre hay que preguntarle al alumno “¿qué quieres decir?”. Que cada oración que responda a esa pregunta sea parte de un ensayo o una historia. Y cada oración que no, dejarla ir. No creo que se trate de palabras per se, sino de oraciones. Acostumbraba a veces a darles a escoger: escribir 400 palabras sobre “Mi madre es horrible” o “Mi madre es maravillosa”. Construir cada oración sobre lo que elegiste. Lo que significa dejar fuera tanto a tu papá como a tu moquillento hermano chico.

En Mientras escribo, Ud. identifica algunas frases que deberían eliminarse de la caja de herramientas de cualquier escritor: “En aquel preciso instante” y “al final del día”. ¿Alguna nueva frase irritante que desearía compartir? (La mía es “por accidente”).

“Algunas personas dicen” o “muchos creen” o “el consenso es”. Ese tipo de vaguedades me hacen querer patear algo.

Ud. escribe que “es imposible convertir a un mal escritor en escritor decente”. Si es así, ¿cómo debería proceder un profesor con sus alumnos menos talentosos?

Pregúntate qué necesitan para tener éxito en la vida, el mínimo necesario (como llenar un currículo) y enfócate en ello. A veces puede ser tan sencillo como escribir -a modo de ejercicio en clase- instrucciones sobre cómo llegar en una ciudad desde el Punto A al Punto B. Se confunden solos, al menos al principio. Puede resultar muy divertido. Mis chicos terminaban gritándose unos a otros, “¡no, no, vas a la izquierda, a la copa de agua!”. Cosas así.

Una gran escritura a menudo estriba en ese punto óptimo entre el dominio gramatical y un cuidadoso rompimiento de las reglas. ¿Cómo saber en qué momento los alumnos están listos para comenzar ese rompimiento? ¿Cuándo debería un profesor guardar su lápiz rojo y permitir que aparezcan esos modificadores?

Pienso que uno tiene que asegurarse de que ellos saben qué están haciendo con esos elementos, aquellas oraciones fragmentarias y de corrido, aquellas repentinas digresiones. Si te dan una respuesta satisfactoria a la pregunta de “¿por qué escribiste de esta forma?”, están bien. Y -vamos, profe- tú sabes cuando es a propósito, ¿o no? ¡Confiésalo a tu tío Stevie!

Coma antes de la “y”, ¿sí o no?

Puede ir o no ir. Por ejemplo, me gusta “Jane compró huevos, leche, pan, y una barra de dulce para su hermano”. Pero también me gusta “Jane entró corriendo a casa y dio un portazo”, porque quiero sentir todo como un solo respiro.

Usted ensalza los beneficios de escribir los primeros borradores “con la puerta cerrada”, pero los alumnos están a menudo tan enfocados en dar a los profesores lo que estos quieren y tan temerosos de cometer errores, que terminan paralizados. ¿Cómo pueden los profesores incentivar a los chicos a “cerrar la puerta” y escribir sin temor?

En el contexto de una clase es muy, muy difícil. La falta de temor siempre se da cuando un chico escribe para sí mismo y casi nunca cuando escribe para obtener una nota (salvo que tengas a uno de esos raros chicos valientes, totalmente seguros). Lo mejor -quizás lo único- es plantearle al alumno que decir la verdad es lo más importante, mucho más importante que la gramática. Yo diría: “La verdad es siempre elocuente”. A lo que los alumnos responderían: “Señor King, ¿qué significa elocuente?”.

Por supuesto, una vez que tengan algo en el papel, van a tener que abrir la puerta e invitar al mundo a leer lo que han escrito. ¿Cómo se las arreglaba con el proceso de edición en los primeros años de su carrera y cómo enseñaba a sus alumnos a atender a los comentarios?

A muchos les daba lo mismo; ellos sólo estaban cumpliendo con tareas. Con aquellos que son más sensibles e inseguros, tienes que combinar suavidad con firmeza. Es un asunto delicado, en especial con adolescentes. ¿Tuve alumnos que se pusieron a llorar? Sí. Diría que esto “es sólo un paso para llevarte al siguiente”.

Ud. advierte a los escritores que “no hay que abordar la página en blanco a la ligera”. ¿Cómo pueden los profesores incentivar a los alumnos a enfrentar la página en blanco a la vez con seriedad y entusiasmo?

Eso se me daba mejor cuando podía transmitir mi propio entusiasmo. Me acuerdo de haber enseñado Drácula a estudiantes de segundo año de universidad prácticamente gritando. “¡Fíjense en todas las voces diferentes en este libro! ¡Stoker es un ventrílocuo! ¡Me encanta!”. No sé mucho respecto de profesores que “actúan”, como si estuvieran en un escenario, pero los chicos responden al entusiasmo. Tú no puedes ordenarle a un chico divertirse, pero puedes hacer de la sala de clases un lugar en que se sienta seguro, donde ocurran cosas interesantes. Quería que cada clase de 50 minutos se percibiera como de media hora.

Ud. ha dicho que las composiciones “son una cosa tonta y sin sustancia”, totalmente inútiles para enseñar a escribir bien. ¿Qué tipo de tareas de redacción son útiles?

Trataba de dar tareas que pudieran enseñar a los chicos a ser específicos. Solía repetir “Observa, luego escribe” media docena de veces al día. Entonces, a menudo les pedía que describieran operaciones que ellos manejaban. Pedía a una chica que escribiera un párrafo sobre cómo le hacía trenzas a su hermana. A un chico que explicara las reglas de un deporte. Son sólo puntos de partida, en que los estudiantes aprenden a llevar al papel lo que podrían contarle a un amigo. Mantener lo concreto. Si le pides a un alumno que escriba sobre “Mi película favorita”, estás abriendo las compuertas a la subjetividad y, en consecuencia, a una inundación de clichés.

Hago mucha lectura en voz alta en mi clase, porque pienso que es la mejor manera de introducir a los estudiantes en el desafío del lenguaje y la retórica. ¿Tiene algún texto favorito para leer en voz alta, ya sea de sus clases o de las lecturas a sus propios hijos?

Solía leerles a mis hijos Calor de agosto, de W.F. Harvey. Al llegar a la última línea -“El calor es como para volver loco a un hombre”-, se podía oír caer un alfiler. Dulce Et Decorum Est, de Wilfred Owen, fue también un éxito. Cuando eran pequeños, mis hijos querían comics. Después, El Hobbit y de El Hobbit pasaron a El Señor de los Anillos. En viajes largos, todos escuchábamos audiolibros. Un buen lector adentrándose en un libro es maravilloso. Musical.

Los profesores de lenguaje tienden a caer en uno de dos casos cuando abordan la lectoescritura: aquellos que creen que deberíamos dejar leer a los estudiantes lo que ellos quieran, pues estarán más interesados en los libros, y aquellos que creen que los profesores deberían impulsar a los alumnos a leer textos más desafiantes, a fin de exponerlos a nuevo vocabulario, géneros e ideas. ¿Dónde se ubicaría Ud.?

Uno no quiere desesperarlos, por ello es que es una idea tan horrible intentar darles a leer Moby Dick o Dublineses a muchachos de secundaria. Hasta el más brillante se aburre. Pero es bueno enriquecerlos un poco. Así verán que hay mundos literarios más brillantes que Crepúsculo. Leer buena ficción es como dar el salto desde la masturbación al sexo.

Ud. pinta un cuadro bastante desalentador de los profesores como escritores profesionales. La pedagogía es, a fin de cuentas, una “profesión que consume”, como dice una amiga, y puede ser todo un desafío encontrar la energía para nuestras propias empresas creativas después de un día de trabajo. ¿Aún siente que hacer clases a jornada completa al tiempo que se persigue una vida dedicada a la escritura es una proposición condenada?

Muchos escritores tienen que enseñar para llevar pan a la mesa. Pero no tengo duda alguna de que la pedagogía absorbe las energías creativas y reduce la producción. “Proposición condenada” es demasiado fuerte, pero es difícil, Jessica. Hasta cuando se tiene tiempo es difícil hallar la vieja energía.

Si su escritura no hubiera dado resultado, ¿cree que habría continuado como profesor?

Sí, pero habría obtenido algún título en educación básica. Había conversado de eso con mi mujer justo antes del éxito de Carrie (1973). He aquí la triste verdad: para cuando llegan a la secundaria, muchos de esos chicos ya han cerrado sus mentes a aquello que amamos; yo quería trabajar con ellas mientras aún estuvieran abiertas. Los adolescentes son maravillosos, hermosos librepensadores la mayoría de las veces. Y, en el peor de los casos, es dar puñetazos contra una pared de ladrillos. Además, están tan ocupados con sus hormonas que a menudo es difícil captar su atención.

¿Cree que los grandes profesores nacen o que se pueden formar?

Los buenos profesores pueden formarse, si es que realmente quieren aprender (algunos son bastante flojos). Los grandes profesores, como Sócrates, nacen.

Usted se refiere a la escritura como un oficio más que un arte. ¿Y qué pasa con la docencia? ¿Oficio o arte?

Ambos. Los mejores profesores son artistas.

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http://www.latercera.com/

António Lobo Antunes: "Comenzar a escribir un libro es terrible"

18.2.14

Afuera, la tarde en Lisboa es gris y fría, con un aguacero feo que parece no cansarse nunca de ladrar. Dentro, en su casa de barrio pobre, como él dice, António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), rodeado de libros por todas partes, de frases de escritores anotadas en la pared, fuma sin parar, bromea y echa la ceniza en la cajetilla vacía del Marlboro light.


Se nota que está contento. Hace dos años el escritor portugués, candidato eterno al premio Nobel y autor de un puñado de obras maestras (El orden natural de las cosas, Manual de inquisidores, En el culo del mundo) recibió a este corresponsal en la mesa pequeña del rincón donde se sienta a trabajar día tras día con el ánimo por los suelos, debido a que, según él, probablemente no iba a terminar ningún libro más. Desde entonces ha escrito dos novelas. De ahí la sonrisa de quien no se concibe sino escribiendo.

Ahora acaba de publicar en español el libro Sobre los ríos que van (Random House), en la que narra su paso por el hospital en 2007 para operarse de un cáncer que superó. La experiencia, eso sí, está descrita a la manera alucinada y poética de este escritor dueño de un universo propio. Por eso, además de enfermeras, médicos, pastillas y un paciente llamado Lobo Antunes a merced del destino de la muerte, el protagonista soberano en su nuevo título es la infancia.

Así que acabó superando la crisis creativa.

Es que comenzar a escribir un libro es terrible. A veces me entretengo escribiendo a la manera de Scott Fitzgerald o Gómez de la Serna o copio páginas de otros para aprender. Copio, qué sé yo, de Balzac. Así aprendo.

¿Pero aún necesita aprender? ¿Todavía no está seguro de su escritura?

Mire: yo después de los cánceres ya no miento. Yo sé que nadie escribe como yo. Tampoco yo. El reto es llegar cada día más lejos, cada día hacerlo mejor, llegar más cerca. Observe el teatro de Chéjov: asombra que en unas pocas frases aparentemente sencillas como “tengo frío” o “por fin he llegado”, pueda transmitir tanta gama de sentimientos. Todo a base de trabajo: tengo fotocopias de sus manuscritos, y están llenos de correcciones.

En Sobre los ríos que van aparece, a la par que la enfermedad y la sombra de la muerte, la infancia. ¿Por qué?

Mi intención era… Bueno, no tenía ninguna intención, sólo que no me apetecía hablar de la muerte. Me apetecía hablar de la vida. Yo no soy crítico, ni teórico de la literatura, así que no puedo responder bien a esa pregunta. Pero tal vez sea por eso. Para mí la infancia es la salud, la vida, la alegría, la esperanza… Pero no sé explicarlo bien. Simplemente tenía que ser así. Cuando escribes, tienes la sensación de que es inevitable que sea así.

Habla como si los libros ya estuvieran escritos antes de escribirlos…

Sí, como estatuas enterradas en el jardín que hay que desenterrar, y luego limpiar y limpiar. Quizá un libro sea una eficaz, sola y larga palabra.

Y usted, ¿salió distinto del hospital?

Seguí siendo el mismo. Pero hay cosas que de repente me empezaron a gustar muchísimo. El sol, por ejemplo, un día de sol, un día bonito, el hecho mismo de estar aquí, hablando los dos. Estar vivo es un privilegio, un azar y un privilegio. Aunque, ¿Sabe lo que más me impresionó del hospital?

¿Qué?

La inmensa dignidad de la gente, de los enfermos de la planta de oncología. Todos eran príncipes. Era un hospital del Estado, así que había gente pobre, portándose con una dignidad de aristócratas, con coraje, nunca les oí una queja, a nadie oí rogar, o pedir “sálvame”. La gente aguantaba callada, sonriendo, saludándote, deseándote que mejoraras, muchos de ellos con metástasis por todas partes. Sabías que se iban a morir, y se morían sin quejarse, sin miedo. Yo he visto a gente borrarse de miedo en la guerra. Y el espectáculo de la cobardía es horrible. Vi a un teniente así: todos los oficiales le daban puntapiés y le insultaban, y el tipo no hacía otra cosa que llorar. La cobardía, físicamente, es fea. Te reduces a un ser miserable, despojado de toda dignidad de hombre.

En la guerra colonial usted estuvo 15 meses ¿Qué significaron?

No sé decirle. Quizás usted y yo, todos, nacemos con una idea que no nos abandona nunca. Yo no tengo certidumbres, ni respuestas. Sólo escribo libros. Me gustaría que cambiaran el mundo, pero no van a cambiar nada. Aunque tal vez sean una compañía, un placer para algunas gentes. Yo sólo soy un chico que escribe libros y espero morir con la misma inocencia. Al fin y al cabo, somos muy inocentes. Viene un médico, te dice que te vas a curar y te lo crees…

¿No ha pensado alguna vez se acabó, ya no escribo más?

Pero ¿cómo voy a pensar eso? Si hay tanto por escribir… De cualquier forma, esto quedará en algún momento interrumpido. Definitivamente interrumpido.

En Portugal es muy conocido también por sus crónicas en semanarios y periódicos…

Eso sólo lo hago porque pagan bien. A la gente le gusta porque son como piscinas para niños. Es imposible ahogarse. Los libros, en cambio, están hechos para que se ahoguen. Comencé a hacer esas crónicas junto a mi amigo José Cardoso Pires, a quien extraño mucho.

Siempre habla de sus amigos.

La amistad es como el amor: instantánea y absoluta. Conoces a alguien y te conviertes en su amigo suyo de la infancia, aunque ya tengas 40 años. Para mí es el sentimiento más importante.

¿Más que el amor?

¿Y qué es el amor? ¿Usted lo sabe?

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Vía | latercera.com

«A escribir se aprende, sobre todo, escribiendo»

7.12.13

Gaditano de origen y zaragozano de muchos años de residencia, Juan Bolea, creador de la detective Martina de Santo, es uno de los participantes en el II Congreso de Escritores Noveles.


-Acude al congreso como escritor consagrado. ¿Se acuerda de cuando también fue novel?

-Es de lo que hablaré, de finales de los años setenta, cuando yo creo que había menos posibilidades de emprender una carrera literaria que ahora. Tuve la suerte de ganar el Premio Alcalá de Henares, que me facilitó el rumbo; pero hasta los años 2000 no comencé a publicar de una manera regular.

-Aunque ahora haya más facilidades editoriales, ¿no existe también mayor confusión?
-Es cierto que ahora existe una obsesión editorial por el éxito económico y fugaz, pervirtiendo otros criterios de calidad. Para que lleguen a forjarse nombres como Cela u Onetti, es necesario un respaldo continuado a los autores.

-Acaba de salir a la luz la sexta entrega de la serie de Martina de Santo, 'El oro de los jíbaros'. ¿Cómo surgió el personaje?
-Quería construir un personaje para una serie literaria y apareció esta mujer tan excéntrica, que como Sherlock Holmes no está hecha para el amor y propone desafíos deductivos al lector. Sólo uso la violencia en momentos muy concretos, lo que predomina es el enigma, y también los escenarios naturales exóticos.

-¿Existe en la realidad el tráfico de cabezas jíbaras humanas?
-El planteamiento de la novela aborda más bien el rito de la chancha en el que se realiza ese proceso, partiendo de un personaje histórico fascinante, Alfonso Graña, un gallego que se hizo rey de los jíbaros; pero ese tráfico siniestro ocurre y se llegan a pagar sesenta mil dólares por una cabeza jíbara humana.

-Usted dirige un taller literario, ¿se puede enseñar a escribir?
-Mi taller es muy modesto y siempre digo que me enseñan más los alumnos a mí que yo a ellos. A escribir se aprende, sobre todo, escribiendo, aunque es necesario tener capacidad de ensoñamiento y un don para elaborar historias. Lo que se puede enseñar es la técnica.

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 Vía | elcomercio.es

Entrevista a Camilo José Cela

17.8.12


Publicada el 14 de enero de 1992 en el número 359 de la revista Época

Encuentro a Cela en plena forma, con excelente humor, contento de la vida; yo diría que feliz. Vengo a verle porque hace 50 años por estas fechas, puso punto final al manuscrito de La familia de Pascual Duarte. Acabó de escribir la novela el día de Reyes de 1942, en casa de sus padres, en la madrileña calle de Claudio Coello, esquina a Lista. Estaba enfermo y creía que iba á morir.


Medio siglo en la biografía de Pascual Duarte y en la vida de Camilo José Cela. A lo largo de estos años, Pascual Duarte se ha agigantado hasta convertirse en un clásico con sitio asegurado en los manuales de literatura de todo el mundo. Cela se ha casado dos veces, ha tenido un hijo, ha escrito un centenar de libros, ha ingresado en la Real Academia Española; fue senador de designación regia en la etapa constituyente; doctor «honoris causa» por 20 universidades; ha recibido los grandes premios nacionales —todos menos uno, ustedes saben cuál, que nadie se explica cómo aún no le ha sido concedido— y, por último, ha alcanzado el laurel de los inmortales al inscribir su nombre entre los galardonados con el Nobel de Literatura. Además, es cartero honorario con derecho a usar el uniforme del Cuerpo, y goza de franquicia postal, rara distinción de que disfruta en solitario, una vez desaparecido el maestro Ramón Carande. Vamos, que ha sido un medio siglo muy lucido para Pascual y para su creador, las cosas como son.

Camilo José Cela, pese a ir por la vida disfrazado de beligerante, como gusta decir, es bondadoso con el entrevistador y da facilidades para la conversación.

Censores negligentes

-¿Cómo ve usted, don Camilo, 50 años después, la figura y la peripecia humana de Pascual Duarte?
-Con estupor; tanto la figura del personaje como su peripecia humana, las veo con profundo estupor. Yo no me pude imaginar que aquellas páginas que escribí en condiciones, digamos caritativamente que no óptimas, por no decir casi siniestras, pudiesen dar el juego que han dado. Se publicó la novela en Burgos, en la editorial que tenía el general Ibáñez Aldecoa, donde se publicaban libros de Hugo Wast, muy leídos por las señoras bienpensantes. Y se publicó allí porque un hijo del general, Rafael, que estudiaba Medicina en Madrid y era amigo mío, se había peleado con su padre porque tuvo malas notas o algo así, y le habían puesto al frente del negocio. Rafael me pidió el manuscrito, decidió publicarlo y sacó a la calle una edición de 1.500 ejemplares. El original pasó la censura sin dificultades, porque ni siquiera lo leyeron. Pero tras el éxito que alcanzó, se hizo una segunda edición, al año siguiente, y ahora sí, la censura ordenó la retirada de la obra. Yo lo supe a tiempo, por una mecanógrafa que trabajaba en la censura, me fui a las librerías advirtiéndolo, y los policías no encontraron un solo ejemplar, claro.

Camilo José tenía entonces 25 años y era un mozo larguirucho y flaco, aunque el brillo febril de sus ojos anunciaba a un personaje importante, alerta y sabedor del futuro. La novela apareció a finales de aquel año 1942 y tuvo éxito inmediato, pese a que el autor era un desconocido, ga-llego residente en Madrid, de familia en la que se entrecruzaban ecos galaicos, italianos y británicos, que había hecho la guerra como soldado en el bando nacional. Se produjo el milagro, particularmente raro en estos pagos, del reconocimiento apenas discutido del talento excepcional del jo-ven escritor.

-¿Qué tal fueron las primeras críticas?
-En las primeras críticas predominó el entusiasmo, atribuible a que sus autores eran amigos míos. Yo era un muchacho joven, delgadito…, en fin, mis amigos empezaron a escribir sobre mí, a favor, claro. La primera crítica que se publicó fue de Enrique Azcoaga, en Juventud. ¿Te acuerdas de Enrique? El pobre murió; se murieron ya muchos amigos… ¡Ha pasado tanto tiempo…!

-Usted ha dicho que la novel produjo expectación porque llamaba a las cosas por su nombre. Sin embargo, en el texto no hay un solo taco de los que cabría esperar de la condición del protagonista y de su entorno.
-¡Pues claro que no hay tacos! Sería ingenuo haber querido poner tacos en el año 42 en una novela que había que presentar a la censura, razón que muy probablemente lastraba mi conciencia. Naturalmente, yo no me lo planteé; me limité a no ponerlos... ¡Si la palabra culo estremecía, tú dirás...! Además, la novela, que implicaba gran violencia y en cierto modo una crítica de la situación, pasó porque no la leyó ninguno de los censores...

-¿Conocía usted Extremadura, don Camilo? ¿Había estado por los lugares en que discurre la novela?
-Sí, conocía Extremadura. Estuve durante la guerra en un pueblo que hay entre Almendralejo y Mérida, prácticamente equidistante de ambos lugares, que es Torremegía, donde me han dedicado una calle. Yo le dije al alcalde que la dedicaran a Pascual Duarte en vez de a mí, pero se conoce que no les apetecía demasiado... Acampábamos en Torremegía los días de des-canso, y nos íbamos a Almendralejo a tomar vasos, perseguir mozas, yo qué sé, íbamos a lo que suelen ir los soldados cuando no están en el frente...

La condición subhumana

-¿Cómo nació Pascual Duarte? ¿Está inspirado el tremendo personaje en algún hecho real?
-Yo creo que los personajes nacen solos, cobran autonomía y hacen la guerra por su cuenta; sus andanzas van concatenándose, algo así como esa imagen de las cerezas que van tirando unas de otras... Yo no conocí a nadie que hubiera hecho lo que hizo Pascual Duarte, pero sí he conocido a mucha gente que pudo haber hecho lo que hizo Pascual Duarte, eso sí. Y no está inspirada la novela en algún hecho real, pero sí hubieran podido acaecer estos hechos, y aún peores... Con frecuencia, leemos en los periódicos cosas que nos dejan pálidos... Quiero decir que no inventé nada, que todos los días estamos enterándonos de cosas que te dejan estremecido, y mira que uno debería estar curado de espanto ... Pero yo no acabo de curarme de espanto... Bueno, he leído que a un italiano lo detuvieron porque violaba a su hijo de nueve meses... ¡Qué barbaridad...! Tampoco está mal eso del lanzamiento de enanos como diversión...

-Es la condición humana, don Camilo...
-¡Carajo! Es la condición subhumana, querrás decir; cada vez un poco peor...

-Me gustaría saber en qué medida se identifica usted sentimentalmente con el tipo inventado. ¿Sufre con él, goza con él, tiene la tentación de reformarle sobre la marcha de la escritura? ¿Le deja construirse su propia vida? ¿Qué me dice usted, que ha alumbrado tantas criaturas en su obra?
-Bueno, sin ninguna duda hay que meterse sentimentalmente en el personaje inventado, pero nada más, a ver si nos entendemos, nada más que «en horas de oficina». Tú sabes de sobra lo que quiero decir. Si no, sería tremendo, acabaría uno tarado. Para que una novela tenga una mínima autenticidad, tienes tú que sentirte ese personaje en cada momento. Ya dije la diferencia que hay entre una crónica y una novela: y es que el cronista narra aquello que ve, y en la novela hay que narrar desde dentro... El verdadero novelista es el que es capaz de sentirse en un capítulo Juana de Arco y en el siguiente capítulo un chulo de Marsella...

-La familia de Pascual Duarte llamó poderosamente la atención en la España de los años cuarenta. ¿Ha ocurrido algo semejante con cualquiera otro de sus libros?
-No; quizá no pasó con ningún otro de mis libros, aunque esto es también razonable. Primero, porque yo ya era más conocido, por tanto, el factor sorpresa contaba menos. Y segundo, porque es que la gente ya estaba más acostumbrada. La expectación que despertó mi primera novela fue quizá comparable con la que pudo causar, con matices, La colmena o, andando los años, Mazurca para dos muertos. Aunque lo hubiera sido también en un escritor primerizo San Camilo 1936, pero claro, yo ya no lo era... Sorprende la novela que publica el joven Baroja, pero cuando Baroja va por su novela número 20, te gusta o no te gusta, pero te sorprende menos. En cualquier caso, ya lo esperas.

"Cada obra es única para mí"

-Si tuviera que elegir uno solo de sus libros, ¿con cuál de ellos se quedaría?
-No, no me quedaría con ninguno, no sería capaz. Por varias razones: alguno, La familia de Pascual Duarte, por ejemplo, porque me ayudó a romper el fuego. Ahora bien, si lo releo, me doy cuenta de que tiene fallos técnicos gravísimos, que no hubiera cometido hoy. Pero es que, a medida que pasa el tiempo, los autores vamos ganando en serenidad, en sabiduría, lo que vamos perdiendo en frescura y en lozanía. Váyase lo uno por lo otro ¿no?... Por tanto, ¿con qué libro me iba a quedar yo? He cultivado diversos géneros y, por ejemplo, también me gustan mucho los libros de viajes, Viaje a la Alcarria... Yo no podría responderte honradamente…

-¿Le gustaron las dos novelas que se han hecho a partir de sus primeras novelas: La familia de Pascual Duarte y La Colmena? La primera fue premiada en Cannes. Sin embargo, recuerdo haber oído que el Pascual de celuloide no se corresponde con el Pascual literario. ¿Quedó razonablemente satisfecho? ¿Le atrae repetir la experiencia con San Camilo o la Mazurca?
-Si me quitas el adverbio de modo razonablemente, te tengo que decir que razonablemente ya veríamos... Quedé más contento de La colmena, porque se desvirtuó menos. Ahora bien, es obvio que el lenguaje cinematográfico es distinto que el literario. Con no sentirme demasiado traicionado, me conformo. ¿Que yo lo hubiera hecho así? No lo sé; yo no soy director de cine... ¿Repetiría la experiencia con San Camilo o la Mazurca? Bueno, o con La catira, que es una novela de aventuras venezolana o con Cristo versus Arizona, que hubiera sido una película del Far West. ¿Y por qué no? Yo no voy a dar ningún paso. Tampoco lo di con el Pascual Duarte y La Colmena. Se le ocurrió a la gente de cine, me pareció aceptable, y les dije que sí.

-Hace 10 años, La familia de Pascual Duarte había sido traducida a 21 idiomas y andaba por las 106 ediciones… ¿Cómo va la cuenta?
-Eso deberías preguntárselo a Fernandito Huarte… Es muy posible que se aproximen ya a las 170 ediciones… Y fíjate tú que me la rechazó un editor de Madrid diciéndome que consideraba que una editorial era una empresa comercial, y que del Pascual Duarte no se venderían más allá de 10 o 12 ejemplares… Que un editor no tenga criterio literario, es admisible, pero sí debe tener criterio comercial, que para eso está… El criterio literario lo pongo yo... En la fundación que he instituido en Iria Flavia, hay ejemplares de todas las ediciones. Naturalmente, si hay alguna edición pirata en Croacia, ¿yo qué sé? Allí están también todos mis originales, entre ellos el manuscrito del Pascual Duarte, que pude rescatar tras algunas vicisitudes. Ciertamente, es una fundación insólita, porque yo no me quiero comparar con nadie, guárdeme Dios, sería estúpida la comparación, pero ¿tú te imaginas lo que supondría conservar todos los originales de Galdós o de Baroja? Todos los míos están allí. Me aseguran que Pascual Duarte es la novela española más traducida después del Quijote... Lo cual me llena de orgullo y también de estupor. No me lo creo...

"En literatura no hay proyectos"

-Me gustaría saber en qué trabaja usted ahora, don Camilo. Le encuentro con un aspecto físico formidable y con ánimo de emprender cualquier aventura literaria. Usted, que nos tiene acostumbrados a sus arriesgados ejercicios en la forma de contar, en los que se lanza al vacío sin red, tratando de conseguir el «más difícil todavía», ¿qué proyectos inmediatos tiene?
-En literatura no hay proyectos; en literatura no hay más que realidades. Un libro no existe hasta que está editado y en manos del lector. Mientras tanto, es pura y vana fantasmagoria. ¿Es verdad o mentira? Yo siempre dije: uno escribe a diario y no sabe lo que va a salir. Al final, si sale con barbas, San Antón, y si no, la Purísima Concepción... He empezado a publicar mis memorias en Diario 16, que pueden ser una cosa fantástica si me salen bien... Ya veremos... Las titulo Memorias, entendimientos y voluntades. Es posible que no cuente toda la verdad… pero, eso sí, no voy a contar mentiras. ¿Para qué iba a contar mentiras? Creo que resultarán interesantes.

-Bueno, don Camilo, yo quedaría muy mal si no le preguntara por el Premio Cervantes...
-Mira, yo soy muy defensor de los usos tradicionales, y me alegra que este año no se haya roto la tradición de no concedérmelo. ¿Qué quieres que te diga...? A mí esto me entristece, no por mí, me entristece por España...

Y Camilo José Cela hace un gesto entre resignado y condescendiente, como queriendo decir ¡allá ellos! Cualquier comentario del periodista sería superfluo.

Vía | intereconomia.com

Conoce a los escritores con mejores ingresos

9.8.12

Con ganancias anuales estimadas en más de 90 millones de dólares, el prolífico escritor James Patterson es por lejos el autor con mejores ingresos en el mundo, pero las mujeres están ganando terreno, según Forbes.com.

Stephen King se ubica en un distante segundo lugar en la lista confeccionada por Forbes.com con ganancias por 39 millones de dólares, seguido de Janet Evanovich, quien escribió la saga de Stephanie Plum y fue la mujer mejor pagada con ingresos por 33 millones de dólares.

El autor de suspenso John Grisham apareció en cuarto lugar con 26 millones de dólares en ganancias, mientras Jeff Kinney, quien escribió la serie de "Wimpy Kid", quedó en el quinto puesto con 25 millones de dólares.

Jeff Bercovici, de Forbes.com, dijo que la mayoría de los nombres en la lista son familiares al público, incluido Patterson.

"El maestro del suspenso, cuyas novelas de fantasía y sagas de ciencia ficción también tienen buenas ventas, ganó una sorpresiva cifra de 94 millones de dólares este año", explicó.

Bercovici añadió que fue un trío femenino, compuesto por Suzanne Collins, E.L. James y J.K. Rowling, el que causó un gran impacto.

Collins, en el octavo puesto de la lista, ganó la mayor parte de sus 20 millones de dólares gracias al éxito de la saga "The Hunger Games", en la que el primer libro fue ya adaptado a la pantalla grande.

Rowling, autora de la saga de "Harry Potter" y que se ubicó en el décimo puesto con ganancias por 17 millones de dólares, en septiembre se adentrará en el mercado adulto con "The Casual Vacancy".

James, autora de la exitosa saga erótica "Fifty Shades of Grey", ganó más de un millón de dólares por semana durante su mayor momento de popularidad, según estimaciones. No figura en la lista pero Forbes.com espera que esté incluida en el ranking del próximo año.


Vía | aztecanoticias.com.mx

El oficio de escribir

1.7.12

¿Por qué se escribe? ¿Qué lleva a que un escritor dedique su vida a la literatura? ¿Qué le brinda a un autor esta experiencia? Aquí distintas reflexiones sobre el tema.


“Escribo porque para mí no hay otro destino“, sentencia el escritor argentino Jorge Luis Borges. La vocación por la letra es distinta a cada escritor, pero entendemos que es una opción de vida. Mirar el mundo a partir de la escritura es tratar de cifrarlo en una hoja de papel. Las marcas que realizan las letras en la página se reflejan en la decisión que toma el escritor para dedicarse a la literatura. Este 13 de junio se celebró en Argentina el Día del escritor. A continuación, y para reflexionar sobre este oficio, presentamos una antología de distintas concepciones que sobre el acto de escribir tienen escritores argentinos canónicos.

MACEDONIO FERNÁNDEZ (1974-1952). “La Prosa busca, pues, mediante la palabra escrita, que tiene el privilegio de hallarse exenta de toda impureza de sensorialidad, la obtención de estados de ánimo de tipo emocional, es decir, ni activos, ni representativos, o sea la ley estética, cumplida sólo con la palabra escrita, de que el instrumento o medio de un arte no debe tener intrínsecamente, en sí mismo, ningún agrado, lo que no pasa con los colores en pintura, los voluptuosos acordes en música, etcétera. La palabra hablada, sin sonoridades, inflexiones, bella voz, gestos, vale lo mismo que la palabra escrita para la Prosa, pero siempre la voz humana tiene alguna sensorialidad; victorioso queda el insípido garabato, gusanillo del papel, que se llama escritura, que ningún arte posee, absolutamente libre de impurezas. La Novela usa de los personajes operados o funcionados, no para hacer creer en ellos (realismo pueril), sino para hacer ‘personaje’ al lector, atentando incesantemente a su certeza de existencia, por procedimientos que tratan de hacer desempeñarse como ‘personas’ a ‘personajes’ para, por contragolpe, hacer personaje al lector”.

JORGE LUIS BORGES (1899-1986). “No podría parar de escribir. Siempre he sabido que mi destino era un destino literario de lector, y también, imprudentemente, de escritor. Escribo para responder a una urgencia, a una necesidad interior. Si hubiese sido Robinson Crusoe en una isla o Edmond Dantés, del Conde de Monte-Cristo, no habría escrito. Hasta los treinta años leí lo que se escribía sobre mí. Después, dejé de hacerlo. Cuando publico un libro, mis amigos saben que no deben hablarme de lo que he escrito. Es así como publico un libro y no sé nada de la crítica, buena o mala, justa o injusta. Ni de la venta del libro. Esto puede interesar al librero o a los editores, no al escritor. No escribo por el pequeño ni por el gran hombre. Lo hago cuando siento la necesidad. No busco temas, espero que los temas vengan a mi encuentro; por otra parte, puedo rechazarlos. Y si verdaderamente insisten, entonces escribo para poder pasar a otra cosa. Me acuerdo de los famosos versos de Kipling en If: Saber afrontar el fracaso y el éxito y tratar paralelamente esas dos imposturas. Pues nadie tiene tantos éxitos ni tantos fracasos como cree. Intento intervenir lo menos posible en lo que escribo. Y como no tengo opiniones firmes en materia de ética o de política, por ejemplo, intento que mis opiniones no intervengan en lo que escribo. Kipling decía que puede suceder que un escritor escriba una fábula, sin que le sea dado conocer la moraleja. Es decir, que es el depositario de una ficción, y que enseguida, la lectura que se hace de ella es diferente. Así, una obra entera puede adquirir un valor que va más allá de la intención del escritor. Un valor que le es ajeno. Lo que se corresponde con el antiguo concepto de Musas, del Espíritu Santo, o con el de nuestra moderna mitología, que no es tan bella, y que se denomina subconsciente“.

ROBERTO ARLT (1900-1942). “Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras. Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage. Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia (…) ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados (…) En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches“.

ADOLFO BIOY CASARES (1914-1999). “Escribo porque probablemente me parezco al barbero de Tom Jones: cuando aprendía una buena historia tenía que contarla. Yo las invento con facilidad, y las cuento con mucho placer. Creo que antes de conocer la literatura, mi forma de reflexionar y de contar los hechos que me emocionaban fue imaginando historias: escribirlas o no dependía de las circunstancias. Tras el descubrimiento de la literatura, deslumbramiento que se produjo hacia los 12 o 13 años, intenté contar una historia que pudiese provocar la fascinación en el lector, aquella que suscitaban en mí ciertas novelas: Robinson Crusoe, La cartuja de Parma, La máquina del tiempo, La ilustre casa de los Ramírez, Por el camino de Swann. Esta fiebre, quizá infantil, de crear este sortilegio, continúa poseyéndome y me incita a inventar y a escribir todo lo que puedo. Me gusta el cine de mis tardes, y los sueños de mis noches, porque me cuentan historias (…) Lo que me mueve a escribir, y lo que me movió a escribir en un lejano día de mil novecientos veinte tantos, es el placer de las historias. Es algo que va más allá de la técnica; es algo que tenemos en común con los muchachos que entraban en los cafés de El Cairo y contaban las historias que hoy llamamos Las mil y una noches. Somos narradores, hay mucha gente que lo es y para esa gente hay otra que está deseando que le narren historias”.

JULIO CORTÁZAR (1914-1984). “Me cuesta mucho empezar a escribir. Mucho, porque la preparación de un cuento o de una novela corre subterránea dentro y a su manera; pero cuando arranco de veras me parezco a Fangio, viejo, y no paro hasta que el texto mismo me para la bandera. Escribo desde los quince años, pero sólo a los treinta me animé a publicar un libro de poemas, firmado con seudónimo. He escrito siempre poemas. Adolescente, creí, como tantos, que mi sensación de extrañamiento anunciaba al poeta, y escribí, los poemas que se escribían entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa, a esa altura de la vida. Pero no había para más. Me sorprendí por eso cuando, un día en La Habana, Gianni Toti me dijo que de todo lo que había escrito lo que más le gustaba eran mis poemas. Cuando escribí Los reyes ya era dueño de una técnica, que era hija del rigor. Siguieron los cuentos de Bestiario, sobre los que ya no tuve ninguna duda. Pero el noviciado había sido largo y duro. Había que tenerse mucha fe, y a la vez había que apoyarse en una permanente desconfianza en sí mismo. En el terreno práctico, esto debía traducirse en no publicar prematuramente, pecado cotidiano en nuestros países. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mis circunstancias, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por su puesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por este paraje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente un día más de vida sin conflictos”.

RICARDO PIGLIA (1941). “Se vive para escribir. La escritura es una de las experiencias más intensas que conozco. La más intensa, pienso a veces. Es una experiencia con la pasión y por lo tanto tiene la misma estructura de la vida. No son muy diferentes la vida y la literatura. Uno se enfrenta a las mismas cuestiones, las contradicciones son más bien prácticas. Hace falta cierto aislamiento para escribir y a veces es difícil conseguirlo. La fantasía de la isla desierta o de la torre de marfil son ilusiones bastante legítimas que tienen, diría yo, todos los escritores. La disciplina, ciertos horarios de trabajo, son formas de elaborar y resolver esa contradicción (…) La experiencia no es solamente lo que uno ha vivido. Es un proceso más complejo: son los relatos que a uno le contaron desde chico, es haber leído ciertos libros, haber visto determinadas películas. Un escritor debe tratar de buscar una historia que esté más allá de las experiencias de sus lectores. Hay que construir historias extremas. Por ejemplo, cuando escribí “Plata quemada” hice una primera versión donde la pifié porque me propuse narrar desde el departamento, como si éste fuera el personaje principal. Era más interesante reconstruir los pensamientos y las motivaciones de esos tipos en esa situación, es decir, contar la historia desde ellos. Esa es la forma literaria que me atrapa: cuando se reconstruye un lenguaje, cuando se lo pone en una situación extrema”.

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1914 Los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar nacieron el mismo año

Sobre la escritura Borges dice: "No podría parar de escribir. Siempre he sabido que mi destino era un destino literario de lector, y también, imprudentemente, de escritor. Escribo para responder a una urgencia, a una necesidad interior. Si hubiese sido Robinson Crusoe en una isla o Edmond Dantés, del Conde de Monte-Cristo, no habría escrito. Escribo cuando siento necesidad".

Para Arlt escribir no era sencillo: “Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal”.

Fuente: laprensa.com.bo

Elena Poniatowska: "Porque escribo, mi vida ha sido un privilegio".

18.5.12

“Estoy agradecida por ser una mujer afortunada. Percibo el cariño de la gente, tengo tres hijos y diez nietos, unos seres humanos muy completos y generosos. Vivo rodeada por una iglesia, la de San Sebastián, un limonero, dos jacarandas y muchas flores”.


“Toda mi vida ha sido un gran privilegio, porque he escrito, que es lo que me gusta hacer y lo único que ya sé hacer”.

“¿Qué son 80 años? Son un gracias a la vida, como la canción de Violeta Parra, y otro gracias para tanta gente que me ha acompañado a lo largo de los años, y tantos acontecimientos importantes sucedidos en este país, como el movimiento estudiantil, el movimiento ferrocarrilero y el terremoto de 1985”.

“También la tenacidad, la continuidad y el no detenerme a medio camino es un logro. Otro, hubiera sido haber ido a la universidad; eso me habría dado una seguridad enorme”.

“No pensé siquiera que yo me iba a convertir en viejita; es un grave error verse en el espejo y no ver que la vejez ya viene”.

“En Novedades pasé muchos años. Recuerdo a un gerente, Fernando Canales, y a un compañero, Vicente Rojo, en un ambiente de cordialidad y gran apoyo aunque en mi época los periodistas eran muy borrachos; escribían sus artículos en las cantinas. ¡Realmente no sé cómo les salían, pero ahí los redactaban!”.

“Escribir es lo que me gusta hacer y lo único que ya sé hacer”.

“Estoy trabajando en dos libros al mismo tiempo, y deseo hacer una novela sobre Lupe Marín, la segunda esposa de Diego Rivera”.

“Siempre (los títulos) me salen como a la mitad del libro o hasta el final. Después de estos libros veré qué más tengo aún en el tintero”.

Fuente: criteriohidalgo.com

Alfredo Bryce: "Tener algo que escribir o que contar alegra la vida"

12.5.12

Autor de Un mundo para Julius, su más grande novela, Alfredo Bryce siempre atraerá la atención de los lectores, sobre todo de aquellos que lo quieren por esa obra y otras más. Aquí algunos fragmentos de una entrevista que acaba de conceder en la que anuncia que el título de su nueva novela será Dándole pena a la tristeza, y la presentará en junio próximo.




El diario El Comercio, en su versión impresa, ha publicado hoy una entrevista al escritor Alfredo Bryce, quien empieza recordando el 'callejón oscuro' que le hicieron en el colegio Santa María cuando tenía 13 años.

Aquí algunos extractos de la conversación que tuvo con el periodista Carlos Batalla.

-¿En ese entorno, cómo fue su acercamiento con la literatura? Debe haber un instante como lector
Yo no era lector. Muchos amigos de mis padres y tíos me regalaban libros, y me ponía furioso porque no me daban otra cosa. Nunca fui lector de literatura infantil. Me tumbaba en mi cama y hacía mis propias novelas. A veces había ruidos en mi cuarto y se acercaban y me escuchaban que me carcajeaba o lloraba, Quizá lloraba cuando imaginaba la muerte de un amigo muy querido, pero todo era ficción, asociado a hechos y cosas del cine o canciones. Creo que allí nació el escritor.

-¿Cuándo se reconoció a sí mismo como escritor?
Tenía 13 años cuando llegué al San Pablo y allí había un profesor estupendo, Ricardo Nugent Valdelomar. Él tenía casa allí y era soltero. Nos recibía, ponía música, leía libros, y fue el primero que me dijo "¡Tú eres escritor, no necesitas escribir para serlo!"

-Muchos escritores relacionan la literatura con el dolor, pero para otros es un goce ¿Qué piensa?
He vivido la literatura con mucha pasión, y en serio creo que tener algo que escribir o que contar alegra la vida. Es como si uno se dedicara a tocar el violín y lo hiciera bien.

-Está terminando una nueva novela
Empecé a escribirla hace tres años. Ya la terminé y la entregué. Su título es Dándole pena a la tristeza, y la presento a fines de junio, en el hotel Country Club.

Fuente: Peru21

Elmer Mendoza explica el secreto de su éxito como narrador

El autor de "Balas de plata" habla sobre cómo, en 20 años, logró el éxito como narrador con obras traducidas a seis idiomas, y ahora es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua


Dice Élmer Mendoza que decidió ser escritor una madrugada de 1977; desde entonces pasaron 21 años y ocho meses para que viera publicada su primera novela Un asesino solitario; dice que con los años confirmó que ser escritor era su destino y que poco a poco se fijó tres metas que sin duda rigen su carrera: tomar al toro por los cuernos, escribir la línea que nadie ha escrito y tener voluntad de estilo.

El escritor nacido en 1949 y colaborador de EL UNIVERSAL, dice también que con los años y persiguiendo esas tres metas, ha ido alcanzando verdades: que cada autor es un sistema de escritura, que hay que crear una literatura que toque las fibras más sensibles y delinear personajes que se vuelvan entrañables; también, que hay que tener la escritura como laboratorio y la literatura como arte.

Ese narrador que en 12 años ha publicado seis novelas, entre ellas El amante de Janis Joplin, Cóbraselo caro, Balas de plata y Efecto Tequila, aún no se cree que haya sido elegido, por aclamación, académico correspondiente en Culiacán, por la Academia Mexicana de la Lengua, igual que sus compas Javiar Marías y Arturo Pérez Reverte, sólo que ellos en España.

Lo que dice que sí sabe es que su tarea en esa institución es encontrar vocablos, proponerlos y definirlos para el Diccionario de Mexicanismos. "Si nosotros aspiramos a que nuestra región sea más explicable tenemos que dar las pistas, las definiciones de cómo hablamos para que la gente entienda por qué somos como somos".

Con todo el éxito que Élmer ha alcanzado, que sus novelas se traduzcan a varios idiomas, que sea un autor casi de culto en Francia, que tenga varios premios y ahora sea un académico de la lengua, sigue siendo el mismo tipo sencillo, gran promotor cultural e impulsor, a través de talleres literarios, de jóvenes aspirantes a escritor.

¿Te crees lo de la Academia?

La invitación viene del lenguaje que utilizo en mi obra, soy de los autores que trabajan ese territorio lingüístico... escribo porque tengo vocación y tengo que escribir, utilizo el lenguaje que me acomoda, el que se me facilita contar lo que quiero contar. Como cualquier autor no me cuestiono las expresiones que utilizo, incluso mi primer editor -Aurelio Major, de Tusquets, casa a la que pertenece- me preguntó "qué crees que has hecho", le respondí "una novela del lenguaje", él me dijo: "no, has hecho una novela de la violencia aunque una de las virtudes que tiene es el lenguaje de la calle; pero eso lo verán después".

¿El lenguaje es una virtud que te dio ser catedrático de la Universidad?

No creo, tiene que ver más bien con que soy vago, que tengo buen oído y siempre que escuché a personas hablar como hablaran nunca me provocó gracia sino curiosidad e interés y entonces como que me fui haciendo de un acervo de habla amplio.

¿Reflexionas mucho sobre el lenguaje antes de sentarte a escribir?

No, yo me siento y ahí tiene que salir. Si tiene que salir va a salir. Lo que sí hago es un registro de expresiones, pero eso ya es en el proceso de creación, yo en un principio elijo una o dos maneras para decir que alguien ha muerto, por ejemplo, siempre son populares, de la calle, pero después hago una lista más amplia y lo pongo en tarjetas y los tengo a mano. Como siempre estoy leyendo encuentro expresiones que digo ‘está la tengo que usar' y la agregó a la lista, no siempre la uso porque igual es parte del juego.

¿Qué tan exigente eres?, ¿cuántos tratamientos haces de una novela?

En la primera versión nada exigente porque tiene que salir, pero conforme voy avanzando en las correcciones sí, mis novelas son producto de la reescritura, estoy hablando que pueden ser 20 o 30 versiones, y además tengo una fijación, tengo que empezar de la página uno, no puedo llegar a corregir en el capítulo 30; tengo que ir a la página uno, escuchar la novela durante todas las páginas hasta que llegó al sitio que corrijo, por eso soy lento. Después de la segunda versión soy absolutamente exigente, nunca la doy a leer, cuando decido que alguien tiene que leerla, que siempre es Leonor -su esposa-, es porque siento que ya tengo algo para compartir y Leonor es una lectora muy sagaz y muy clara.

¿Desde la primera novela decidiste escribir desde tu territorio, desde tu gente?

No, realmente no fue una decisión porque quizás antes trataba escribir en la norma estándar, sólo llegué a eso, empecé a contar historias utilizando todo el lenguaje que escuchaba, que sabía, que me salía del corazón y entonces ya salieron las historias.

¿Eres muy disciplinado, todos los días, todas las madrugadas las dedicas a escribir?

En las noches no, en las madrugadas sí, soy muy disciplinado y por algo muy sencillo, porque yo he asumido ser escritor como destino y entonces tengo que practicarlo diariamente. Tenía 28 o 29 años cuando tomé la decisión de ser escritor y hacerlo de manera seria, pero pasaron más de 20 años para publicar Un asesino solitario, fueron 20 años bastante difíciles porque no conseguía llegar a donde necesitaba.

¿Tu primer editor fue definitivo? Ese editor el que te dijo que era una novela sobre la violencia?

Me desconcerté, pero él me lo explicó y me dijo que eso lo iban a tomar por el tema, que lo del lenguaje lo iban a considerar después. Cuando fuimos a comer ya me dijo "la novela tiene muchísimas virtudes, quizás ni tú te das cuenta, pero ahora va a aparecer como eso"; pero además me dijo que sería una novela long seller, que siempre la iban a estar leyendo, creo que acertó. Serio me preguntó: "¿qué es lo que pretendes?" yo le dije "quiero que me hagas rico y famoso".

¿Cómo la recibió la crítica?

La crítica tarda en llegar siempre, pero vieron la forma, la construcción del texto, las virtudes de lo que significa crear una voz, lo vieron y a me ha ido muy bien.

Eres un gran lector, en tu literatura están concentradas las lecturas, aunque hayas encontrado una voz propia

Eso es verdad, soy lector desde que aprendí a leer, es un vicio, un placer, una pasión. Hubo una vez que me preocupó ver que estaba leyendo poco y fue Christopher Domínguez quien me dijo que tenía que elegir entre leer mucho y escribir, y elegí escribir más. No quise interrumpir lo que son mis procesos creativos, me gusta mucho leer lo que me cuesta entender, por eso soy lector de poemas y también de narrativa hermética. En los poemas hay claves importantísimos para los narradores, pero tienes que dar con ellas y para dar con ellas hay que leer todos los días poesía, leo antes de empezar a escribir y eso hace que mi cerebro esté más activo.

¿Es verdad que si el texto no va bien puedes destruir un capítulo o incluso una novela completa?

Es cierto porque hay que hacer las cosas bien.

¿Leonor es fundamental en tu vida?

Tener una pareja que está ahí y no está, que igual se ocupa de algunas cosas, de lo que vas generando y cocina muy bien y es igual de vaga que yo. Ella es muy importante en mi vida.

¿Ya eres famoso y rico?

Nel, no, rico nada más -dice entre risas-. Ahí voy, ahora estoy mejor que antes. ¿Famoso? Tengo indicios, no sé realmente cómo se evalúa, pero he tenido alertas, mi hija vino a estudiar por seis meses al DF y un día que vine fuimos a comer, el restaurante estaba cerrado, pero un señor dijo "déjalos pasar, hay que atenderlos", era el dueño, un lector, al final sacó sus libros para que los firmara y nos invitó el desayuno. Cositas como esas me pasan de vez en cuando que pudiera indicar eso, pero no, todavía puedo andar tranquilo por todas partes.

¿Tu territorio narrativo, tu mundo, la gente que te rodea sigue estando en la Col Pop, seguirá estando Culiacán y la violencia?

Tengo muchísima incertidumbre, creo que se convierten en lo que son mis líneas de trabajo y que mi territorio emocional ahí está. Lo único que te puedo decir es que a nuestro patio de atrás Leonor le puso mosaicos y que la bugambilia enorme la dejó pequeña, pero puso unas plantas que se ven maravillosas, en forma de serpiente que me encantan, conservamos nochebuenas que están floreciendo porque me gusta ver flores y colores por la ventana. 

Fuente: El Universal

Frases de Carlos Fuentes

2.5.12

"A veces las crisis ayudan a escribir mejor literatura".

"Estar en contra es más simpático que estar a favor en la literatura. No hay novelas con gente buena, salvo algunos de Dickens y Don Quijote. Generalmente los malos, los villanos, son los interesantes. Los buenos suelen ser muy aburridos. El mundo, bueno o malo, va a seguir produciendo villanos, y en consecuencia buenos libros"

"Uno ha visto pasar la prensa, la radio, la televisión, el cine, los medios modernos, y la novela pervive. Porque la novela dice lo que no puede decirse de otra manera".

"'Crimen y castigo' era una noticia breve de la prensa, un crimen que pasó, 'Rojo y negro' también. Pero si se quedan en la pequeña noticia de la prensa, se olvidan, tenían que tener la recreación de un novelista", analizó el escritor, que lanzará en noviembre próximo "Federico en su balcón", inspirado en el filósofo Friedrich Nietzsche.

"Una vez que uno escribe es como si tuviera un hijo, nace y tiene su vida propia, recorre su camino y uno ni lo vuelve a leer siquiera".


(Julio Cortázar) "Es el hombre más bueno que he conocido. Era un dechado de amistad, de bondad, de furia también contra lo que no le gustaba. Era un amigo incomparable, yo le tengo un cariño inmenso y un respeto como escritor, pero también como ser humano era notable". "Tratándome de usted y haciéndome críticas positivas y adversas, dándome consejos, es una carta que conservo. Yo le debo mucho a Cortázar".

"Lo que se ha ido extendiendo es la cantidad de escritores que hay en América Latina. El 'boom' éramos diez escritores. En la actualidad hay cientos de escritores y la temática es muy diversa".

"No hay tema banal si el escritor es bueno".

"Hoy la mayoría de los países latinoamericanos podrían calificarse de países democráticos. Y otros están en evolución, pero muchos de esos países hace 20, 30 años, hubieran apelado al golpe de Estado". "Hay una continuidad cultural asombrosa, que no corresponde a la discontinuidad política y económica. El momento en que América Latina una la continuidad cultural a la continuidad política y económica vamos a ser una de las grandes potencias del mundo".

"Hay una inclinación hacia la lengua española muy grande en todo el mundo, ya es la segunda lengua de Occidente". "El español es hablado por 500 millones de personas, es un bloque muy importante".

Fuente: El Universal

Rodrigo Parra: "Mis amigos me insisten que debo dejar de escribir con saltos de tiempo".

30.4.12

El autor valluno Rodrigo Parra Sandoval (Trujillo, 1938) recuerda que de pequeño solía maravillarse con las revistas de cómics a las que tenía acceso. Fueron los héroes ahí encerrados los que determinaron su pasión por las letras. Previamente hizo estudios en el Seminario Mayor de Cali y se graduó como sociólogo de la Universidad Nacional, con maestría en la Universidad de Wisconsin.

En 1978 escribió su primera novela, "El libro secreto del Sagrado Corazón", en el cual describía, de manera paródica, las experiencias aprendidas en la época del seminario, a la manera de las novelas de santos que vendían en los atrios de las iglesias. A partir de ese momento, su obra es siempre emparentada con el término "fragmentación".

"Las historias lineales no son lo que busco, a pesar de que muchos de mis amigos me insisten que debo dejar de escribir con saltos de tiempo, de manera experimental", asegura. Sus obras, que incluyen un texto canónico de crítica mordaz a la academia como "Tarzán y el filósofo desnudo" (1996), una novela ganadora de Premio Ciudad de Bogotá como "El don de Juan" (2002) y una mención de honor del prestigioso Premio Casa de las Américas por "Faraón Angola" (2011), son escritas y reescritas previamente hasta siete veces. De ahí la idea de circularidad y cero cabos sueltos de las mismas.

Rodrigo Parra Sandoval es el invitado de este domingo a las 8:00 a.m, con repetición el lunes a las 10:00 p.m., de Los Libros, el espacio de Radio Nacional dedicado a la escritura, los autores y el mundo de las letras, la edición y el fomento de la lectura, presentado por Margarita Valencia y Jaime Andrés Monsalve.

Fuente: RNC

Fernando Iwasaki: ‘Lo explícito mata lo sugerente’

15.4.12


No sorprende que Fernando Iwasaki detalle con soltura los ingredientes de la malarrabia (dulce de maduro). Que explique, luego, los secretos de su preparación. Su abuela materna, Manuela Franco Guerra (emigrante guayaquileña en Lima), se encargó de que el manjar no faltara nunca en la mesa familiar. La entrevista que el escritor peruano concede a EL UNIVERSO comienza con la anécdota. Es su forma de reivindicar sus raíces ecuatorianas.


La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar Papel carbón. La obra reúne sus primeros libros de relatos: Tres noches de corbata (Lima, 1987) y A Troya, Helena (Bilbao, 1993).
Ambos vieron la luz en la época predigital. Se teclearon a máquina e Iwasaki (autor de ascendencia japonesa e italiana con más de 20 títulos) solo conservaba las copias que hizo, precisamente, con papel carbón (el linotipista se quedó con los manuscritos originales). La banda sonora de este compendio de textos, reconoce en el prólogo, “remite a los discos de vinilo”. “Son cuentos sin adherencias cinematográficas (...); donde se fuman y maltratan animales y –lo admito– con lamparones de prejuicios patriarcales y eurocentristas. Lo peor de mi educación sentimental, caramba”.

Papel carbón arranca con frases de Groucho Marx, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar en homenaje a la máquina de escribir. ¿Este detalle y el título de la obra pueden interpretarse como un síntoma de nostalgia? 
No estamos ante una apología del tiempo pasado, aunque hay que ser justos con la melancolía. La humanidad va para mejor, pero es cierto que en esa época todo era más laborioso, requería más concentración y siempre quedaba una fuente escrita real que permitía estudiar críticamente a alguien a través de sus manuscritos con sus tachaduras, anotaciones... En unos años será imposible hacer esto con una novela de Andrés Neuman (autor argentino), por ejemplo, porque las versiones preliminares habrán desaparecido en la papelera de Windows.

A diferencia de sus últimos libros de cuentos, que versan sobre un tema, Tres noches de corbata y A Troya, Elena se centran en asuntos variados. ¿Existe algún punto en común? 
Pertenecen a un momento en el que los escritores no buscaban ser políticamente correctos. ¡Nadie lo era en esos años! Son cuentos que retratan a una sociedad con personajes machistas u homófobos. Ahora eso ha cambiado. También, que prefiero que tengan un eje temático común y se articulen entre ellos.

¿Cómo es el Fernando Iwasaki que el lector descubrirá en estas obras? 
Es un escritor novel que tiene enorme ilusión de publicar su primer libro. El autor de entonces era sobre todo lector, me sentía profundamente enamorado de la literatura. Lo único que es irrepetible y no se puede comparar con el presente es que esta obra la publiqué en los ochenta en el Perú, un país de la periferia del mundo occidental y donde no había precisamente gran vida literaria.

¿Cómo ha evolucionado su escritura? 
Releyéndome descubrí que cuando era joven me interesaba mucho dejar bien claro el lector que era, los autores que leía: Cortázar, Lorca, Ribeyro, Lovecraft, Vargas Llosa o Bryce Echenique. Ahora prefiero que mis lecturas se disuelvan y que solo se reconozcan algunas contraseñas.

Lo que parece que no está dispuesto a cambiar es la ironía... 
El humor es una manera de estar, contemplar el mundo y de tomarse la vida, pero no te hace mejor que nadie. Lo ideal es tenerlo porque si solamente se es severo, solemne y serio, a lo mejor uno se pierde algo. El humor, más que un arma de defensa, es la autoayuda más potente que puede existir. En la mejor de sus expresiones debe ser ejercido contra uno mismo o contra lo que es de uno. El humor puede ser más demoledor que la más seria y solemne de las críticas. Es un arma de destrucción masiva contra quien ostenta el poder, por el miedo a quedar en ridículo.
¿No hay en usted, quizás, un punto de sarcasmo melancólico? La melancolía es una mezcla de humor y de tragedia. Yo prefiero ser melancólico porque se tienen los dos humores.

¿Se pueden hallar experiencias vitales en este compendio de textos? 
Los dos primeros cuentos, La sombra del guerrero y La otra batalla de Ayacucho, son relatos en los que hablo de mis dos abuelos, a quienes quise homenajear de alguna manera. En El tiempo del mito, el personaje es un profesor estrafalario interesado en el psicoanálisis, las historias de las religiones, las drogas; es un poco como si fuera yo. Así me veía dentro de unos años. Otros cuentos se alimentan de lo que les pasaba a mis amigos y conocidos.

Y también de la música... Es posible escuchar, por ejemplo, a Cat Stevens en el cuento Erde... 
La música está siempre en mis obras, de fondo o como parte de la narración. Un muerto en Cocharcas tiene una serie de canciones que en los ochenta sería similar a lo que hoy llamamos “chicha”. Hasta la máquina de escribir era un instrumento de percusión, con las teclas se podía hacer ritmo. Yo me siento una suerte de intérprete musical, aunque soy un músico frustrado.

¿Cuál es su artista favorito? 
Los Beatles, porque son en la música lo que Borges en la literatura.

Ha incursionado en la literatura erótica (circula la tercera edición de Helarte de amar) que siempre se ha inspirado en lo prohibido. ¿En qué estadio se encuentra este género en este momento, tomando en cuenta que cada vez hay menos tabúes? 
En un estadio aburrido. Lo explícito mata lo sugerente. Y el erotismo es eso, no lo que ya se ha vuelto omnipresente. Ahora creo que se refugia en las formas contemporáneas de comunicarse; por ejemplo, en el anonimato de los chats de internet. La literatura erótica como gimnasia sexual no me dice nada, pero me interesa el humor con el que convive y que muchos niegan.

¿Por pudor? 
El pudor de los “carcas” (personas muy conservadoras) consiente, al menos, la complicidad del humor; el “progre” no, porque es más mojigato. Ya no se puede hacer ni un chiste antifeminista porque uno se convierte en una especie de bestia infecta que merece ser vomitada por la sociedad.

Acaba de publicarse la séptima edición de Ajuar funerario. Es una obra de microrrelatos de terror que escribió durante ocho años. ¿Es bueno macerar un libro durante tanto tiempo? 
Empecé con este género cuando me invitaban a conferencias a leer algo mío. Me sentía incapaz de pararme frente a un auditorio con un texto de diez páginas. Podía matarlos del aburrimiento. Escribí estas historias cortas para presentarlas en ese tipo de eventos y mantener a la gente atenta. Empezaron a circular por internet y fue Andrés Neuman quien me apremió a publicarlas.

¿Cuál es la clave para que el microrrelato funcione? 
Debe contar una historia. Tener su pequeña trama, sus protagonistas, su atmósfera, su desenlace. Un poema en prosa, un aforismo chicloso, una anécdota, un chiste reciclado no pueden considerarse microrrelatos.

¿En qué registro se siente más cómodo? 
En todos. Un escritor debe escribir novelas, ensayos, conferencias, prólogos, artículos y ser lector de poesía.

¿Sigue creyendo, como años atrás, que los jóvenes escritores latinoamericanos tienen una fascinación por la metaliteratura? 
Y creo que es más acusado porque leen literatura traducida del inglés. No leen a otros autores de su idioma. Yo soy feliz leyendo la poesía de Aleyda Quevedo (poeta quiteña); es una maravilla.
Milita en la formación política Unión, Progreso y Democracia (UPYD), ¿le podremos ver algún día ocupando un cargo público? Llevo muy mal la disciplina partidista. Tiendo a dar la razón a quien la tiene y los políticos no se la dan a otro que no sea de su partido. Al opositor hay que abuchearlo por sistema. Yo no podría hacerlo, si comparto su opinión. Sería, en definitiva, un mal político.

Fuente: eluniverso.com

Isabel Jiménez Romero: "Escribir es una opción de vida".

23.3.12

Isabel Jiménez Romero se define a sí misma como “una mujer entusiasta, coleccionista de ilusiones; que se derrumba ante una mirada de desprecio, pero no ante los obstáculos que pueda hallar en el camino hacia la meta”. Isabel es, ante todo, mujer que ama la cultura, la literatura, la escritura, y que se ha hecho a ella misma a lo largo de estos años.


¿Quién es Isabel Jiménez? Cuéntenos un poco sobre usted.

Ante todo soy mujer, una mujer que no tuvo más remedio que emigrar de su pueblo natal. Un pueblo blanco de cal, amurallado, con la mirada puesta en el Valle de los Pedroches. Nací el mismo año que Televisión Española. Estudié el Bachillerato Elemental en Córdoba, gracias a una de esas primeras becas de estudios que la administración tuvo a bien conceder a los niños sin recursos. En los años 70 emigré a Madrid, donde compaginaba estudios de Bachillerato Superior y después Magisterio con el trabajo de oficina en una fábrica. Estoy casada y tengo dos hijas. He impartido clases extraescolares de francés y animación a la lectura. Durante una década he trabajado en la integración escolar de niños con necesidades educativas especiales.

Me defino a mí misma como «una mujer entusiasta», coleccionista de ilusiones; que se derrumba ante una mirada de desprecio, pero no ante los obstáculos que pueda hallar en el camino hacia la meta. Terca, confío en el trabajo como el único medio para conseguir mis sueños. Amo a los niños, segura de que solo en ellos se halla la autenticidad. Y son ellos quienes saben apreciar el valor de lo pequeño. Tal es el motivo de mi labor como cuenta-cuentos.

¿Cuándo comenzó a escribir y por qué razón? ¿Es de esas personas que escriben para sacar fuera lo que llevan dentro? ¿Cuál es su motivación para escribir?

Escribo desde siempre; aún cuando no lo hacía con claridad. Pienso que se nace escritor, pero hay que trabajar cada día para hacerlo bien. Escribir es una opción de vida, de estar en el mundo, de conectarte contigo mismo y con los demás. Escribo porque es la manera más sutil que conozco para dejar sellada la belleza, el desencanto, el enojo, la alegría… También la pintura se semeja en su capacidad para captar lo sublime y lo pequeño; de hecho, me gusta pintar y dibujar. Pero dedico más energía a escribir porque me encuentro más cómoda en el campo de las palabras, más a mis anchas.

Invento personajes e historias que me sirvan para denunciar las injusticias de las que soy testigo, para darles protagonismo a las personas anónimas, para cambiar el estado de las cosas.

¿Qué le diría a alguien que escribe pero que no se atreve a participar en certámenes, o a intentar publicar lo que escribe? ¿Cómo se pierde ese miedo a que otros lean lo que sale de ti?

Para participar en certámenes, convencer a las editoriales para publicar tus obras… se necesitan grandes dosis de entusiasmo. Entusiasmo por tu trabajo y un convencimiento pleno de que cuanto haces ha brotado de tu alma de escritor; que lo has dado todo y has mimado tu obra. Solo así puedes obtener alguna que otra recompensa. Pero nadie asegura que es fácil traspasar el umbral. Conozco a muchos escritores que, a pesar de su buen hacer, no han logrado ese reconocimiento. Así y todo, continúan escribiendo. Porque como ya puntualicé al principio: «Escribir es una forma de ser, de estar, de observar el mundo».

Esta es la única razón por la que yo misma necesito de ese folio en blanco para depositar las palabras que me dicta el corazón.

Fuente: Oretania