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Aniuta - Antón Chejov

12.2.12

Por la peor habitación del detestable Hotel Lisboa paseábase infatigablemente el estudiante de tercer año de Medicina, Stepan Klochkov. Al par que paseaba, estudiaba en voz alta. Como llevaba largas horas entregado al doble ejercicio, tenía la garganta seca y la frente cubierta de sudor.

Junto a la ventana, cuyos cristales empañaba la nieve congelada, estaba sentada en una silla, cosiendo una camisa de hombre, Aniuta, morenilla de unos veinticinco años, muy delgada, muy pálida, de dulces ojos grises.

En el reloj del corredor sonaron, catarrosas, las dos de la tarde; pero la habitación no estaba aún arreglada. La cama hallábase deshecha, y se veían, esparcidos por el aposento, libros y ropas. En un rincón había un lavabo nada limpio, lleno de agua enjabonada.

–El pulmón se divide en tres partes –recitaba Klochkov–. La parte superior llega hasta cuarta o quinta costilla...

Para formarse idea de lo que acababa de decir, se palpó el pecho.

–Las costillas están dispuestas paralelamente unas a otras, como las teclas de un piano –continuó– Para no errar en los cálculos, conviene orientarse sobre un esqueleto o sobre un ser humano vivo... Ven, Aniuta, voy a orientarme un poco...

Aniuta interrumpió la costura, se quitó el corpiño y se acercó. Klochkov se sentó ante ella, frunció las cejas y empezó a palpar las costillas de la muchacha.

–La primera costilla –observó– es difícil de tocar. Está detrás de la clavícula... Esta es la segunda, esta es la tercera, esta es la cuarta... Es raro; estás delgada, y, sin embargo, no es fácil orientarse sobre tu tórax... ¿Qué te pasa?

–¡Tiene usted los dedos tan fríos!...

–¡Bah! No te morirás... Bueno; esta es la tercera, esta es la cuarta... No, así las confundiré... Voy a dibujarlas...

Cogió un pedazo de carboncillo y trazó en el pecho de Aniuta unas cuantas líneas paralelas, correspondientes cada una a una costilla.

–¡Muy bien! Ahora veo claro. Voy a auscultarte un poco. Levántate.

La muchacha se levantó y Klochkov empezó a golpearle con el dedo en las costillas. Estaba tan absorto en la operación, que no advertía que los labios, la nariz y las manos de Aniuta se habían puesto azules de frío. Ella, sin embargo, no se movía, temiendo entorpecer el trabajo del estudiante. «Si no me estoy quieta –pensaba– no saldrá bien de los exámenes.»

–¡Si, ahora todo está claro! –dijo por fin él, cesando de golpear–. Siéntate y no borres los dibujos hasta que yo acabe de aprenderme este maldito capítulo del pulmón. Y comenzó de nuevo a pasearse, estudiando en voz alta. Aniuta, con las rayas negras en el tórax, parecía tatuada. La pobre temblaba de frío y pensaba. Solía hablar muy poco, casi siempre estaba silenciosa, y pensaba, pensaba sin cesar.

Klochkov era el sexto de los jóvenes con quienes había vivido en los últimos seis o siete años. Todos sus amigos anteriores habían ya acabado sus estudios universitarios, habían ya concluido su carrera, y, naturalmente, la habían olvidado hacía tiempo. Uno de ellas vivía en París, otros dos eran médicos, el cuarto era pintor de fama, el quinto había llegado a catedrático. Klochkov no tardaría en terminar también sus estudios. Le esperaba, sin duda, un bonito porvenir, acaso la celebridad; pero a la sazón se hallaba en la miseria. No tenían ni azúcar, ni té, ni tabaco. Aniuta apresuraba cuanto podía su labor para llevarla al almacén, cobrar los veinticinco copecs y comprar tabaco, té y azúcar.

–¿Se puede? –preguntaron detrás de la puerta.

Aniuta se echó a toda prisa un chal sobre los hombros. Entró el pintor Fetisov.

–Vengo a pedirle a usted un favor –le dijo a Klochkov–. ¿Tendría usted la bondad de prestarme, por un par de horas, a su gentil amiga? Estoy pintando un cuadro y necesito una modelo.

–¡Con mucho gusto! –contestó Klochkov–. ¡Anda, Aniuta!

–¿Cree usted que es un placer para mí? –murmuró ella.

–¡Pero mujer! –exclamó Klochkov–. Es por el arte... Bien puedes hacer ese pequeño sacrificio.

Aniuta comenzó a vestirse.

–¿Qué cuadro es ése? –preguntó el estudiante.

–Psiquis. Un hermoso asunto; pero tropiezo con dificultades. Tengo que cambiar todos los días de modelo. Ayer se me presentó una con las piernas azules. «¿Por qué tiene usted las piernas azules?», le pregunté. Y me contestó: «Llevo unas medias que se destiñen...» Usted siempre a vueltas con la Medicina, ¿eh? ¡Qué paciencia! Yo no podría...

–La Medicina exige un trabajo serio.

–Es verdad... Perdóneme, Klochkov; pero vive usted... como un cerdo. ¡Que sucio está esto!

–¿Qué quiere usted que yo le haga? No puedo remediarlo. Mi padre no me manda más que doce rublos al mes, y con ese dinero no se puede vivir muy decorosamente.

–Tiene usted razón; pero... podría usted vivir con un poco de limpieza. Un hombre de cierta cultura no debe descuidar la estética, y usted... La cama deshecha, los platos sucios...

–¡Es verdad! –balbuceó confuso Klochkov–. Aniuta está hoy tan ocupada que no ha tenido tiempo de arreglar la habitación.

Cuando el pintor y Aniuta se fueron, Klochkov se tendió en el sofá y siguió estudiando; mas no tardó en quedarse dormido y no se despertó hasta una hora después. La siesta le había puesto de mal humor. Recordó las palabras de Fetisov, y, al fijarse en la pobreza y la suciedad del aposento, sintió una especie de repulsión. En un porvenir próximo recibiría a los enfermos en su lujoso gabinete, comería y tomaría el té en un comedor amplio y bien amueblado, en compañía de su mujer, a quien respetaría todo el mundo...; pero, a la sazón..., aquel cuarto sucio, aquellos platos, aquellas colillas esparcidas por el suelo... ¡Qué asco! Aniuta, por su parte, no embellecía mucho el cuadro: iba mal vestida, despeinada...

Y Klochkov decidió separarse de ella en seguida, a todo trance. ¡Estaba ya hasta la coronilla!

Cuando la muchacha, de vuelta, estaba quitándose el abrigo, se levantó y le dijo con acento solemne:

–Escucha, querida... Siéntate y atiende. Tenemos que separarnos. Yo no puedo ni quiero ya vivir contigo.

Aniuta venía del estudio de Fetisov fatigada, nerviosa. El estar de pie tanto tiempo había acentuado la demacración de su rostro. Miró a Klochkov sin decir nada, temblándole los labios.

–Debes comprender que, tarde o temprano, hemos de separarnos. Es fatal. Tú, que eres una buena muchacha y no tienes pelo de tonta, te harás cargo.

Aniuta se puso de nuevo el abrigo en silencio, envolvió su labor en un periódico, cogió las agujas, el hilo...

–Esto es de usted –dijo, apartando unos cuantos terrones de azúcar.

Y se volvió de espaldas para que Klochkov no la viese llorar.

–Pero ¿por qué lloras? –preguntó el estudiante.

Tras de ir y venir, silencioso, durante un minuto a través de la habitación, añadió con cierto embarazo:

–¡Tiene gracia!... Demasiado sabes que, tarde o temprano, nuestra separación es inevitable. No podemos vivir juntos toda la vida.

Ella estaba ya a punto, y se volvió hacia él, con el envoltorio bajo el brazo, dispuesta a despedirse. A Klochkov le dio lástima...

«Podría tenerla –pensó– una semana más conmigo. ¡Sí, que se quede! Dentro de una semana le diré que se vaya.»

Y, enfadado consigo mismo por su debilidad, le gritó con tono severo:

–Bueno; ¿qué haces ahí como un pasmarote? Una de dos: o te vas, o si no quieres irte te quitas el abrigo y te quedas. ¡Quédate si quieres!

Aniuta se quitó el abrigo sin decir palabra, se sonó, suspiró, y con tácitos pasos se dirigió a su silla de junto a la ventana.

Klochkov cogió su libro de medicina y empezó de nuevo a estudiar en voz alta, paseándose por el aposento.

«El pulmón se divide en tres partes. La parte superior...»

En el corredor alguien gritaba a voz en cuello:

–¡Grigory, tráeme el samovar!

Cómo escribir un cuento sin enloquecer en el intento

14.1.12

Mucho se ha escrito sobre el cuento. A la hora de sumergirnos en su estructura, debemos remitirnos a los grandes maestros como Chejov, Poe, Ribeyro y Monterroso.

Durante mis lecturas he hallado que los grandes cuentistas se dividen en dos grupos: los clásicos (Chejov, Poe) y los modernos (Ribeyro y Monterroso).

El esquema clásico descrito con maestría por el propio Chejov es:

"Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". 

 El método moderno podría resumirse en el cuento de Monterroso:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".




Ahora bien, tú quieres escribir un cuento ya, sin entrar en teorizaciones complicadas. Y tu pregunta es ¿cómo puedo hacerlo?

Mi método

Primero recuerdo una anécdota, sea que me haya ocurrido a mí o a otra persona.

Bien, ya tengo la anécdota, que debe tratarse de un hecho inusual, poco común, extraordinario.

Ahora me pregunto: ¿Entraña esta anécdota un conflicto? Es decir, ¿sufre el protagonista algún percance? Si la respuesta es sí, entonces la anécdota es ideal para un cuento.

Ya hemos dado el primer paso, tenemos una anécdota en la que el personaje sufre un percance, llámese enfermedad, muerte, accidente, robo, engaño, infidelidad, guerra, tortura, maltrato, en fin, cualquier calamidad. Este elemento es importante. Sin él no hay cuento.

Bien, vayamos al segundo paso.

La estructura de un cuento es: inicio, nudo y desenlace. A mí me gusta llamar a estos tres elementos de otro modo. Así:

1. La vida del personaje se desenvuelve dentro de la normalidad (inicio).
2. La normalidad del personaje se ve alterada por un problema, un percance, un conflicto. El personaje lucha por restablecer su antigua normalidad  (nudo).
3. El personaje vuelve a la normalidad, pero ahora ha aprendido una lección (desenlace).

Veamos un ejemplo.

Pedrito está mirando la televisión. Su madre lo llama y le pide que vaya al mercado y compre una botella de aceite. Pedro toma el dinero y, cuando está a punto de llegar, el billete se le escurre de la mano y va a parar a la alcantarilla. Pedro no sabe qué hacer. No quiere volver sin dinero y sin aceite. Entonces decide recuperarlo. Se arma de valor, levanta la tapa de la alcantarilla y se introduce en ella. Una vez dentro alcanza a ver cómo el agua fétida se lleva el billete. Va tras él. En su loca aventura lo atacan las ratas, cae en un pozo donde está a punto de ahogarse, se pierde en el laberinto, etc, etc.
Al final, de una u otra manera, recupera el dinero, logra salir, compra el aceite y vuelve con su madre. Fin.

¿Puedes identificar los tres elementos?

Veamos: 

1. Pedro mira televisión (inicio).
2. Su madre le dice que compre aceite. Se le cae el dinero, intenta recuperarlo, sufre un poco... bla, bla, bla (nudo).
3. Recupera el dinero y vuelve con su madre (desenlace).


Ahora, presta atención. Casi todas las películas o novelas respetan este formato

Un ejemplo:


En Titanic
1. Jack y Rose se embarcan en el mayor trasatlántico de la historia.
2. Se enamoran. Algunos se oponen a su relación, los hostigan, les hacen la maldita vida imposible. Ellos luchan por superar los obstáculos. El barco se hundeeeeee..... Muere Jack
3. Rose sobrevive para contar la historia.

Y otro:

En Avatar
1. A Jake se le invita a participar en el programa Avatar.
2. Llega a Pandora, donde empiezan los problemas. Y le ocurre que bla, bla, bla... Él trata de superar los obstáculos.
3. Se queda con Neytiri.

Y uno más:

En Madame Bovary
1. Emma vive con su padre. Lleva una vida normal.
2. Carlos Bovary se casa con ella. Emma descubre que el matrimonio no es lo que soñaba. Su marido resulta ser un tipo conformista y mediocre. Para escapar del aburrimiento, Emma se sumerge en la infidelidad (tiene dos amantes). Las cosas se complican cuando un prestamista le ofrece dinero y productos con altos intereses, por lo que para cancelar se endeuda más y más. Le embargan la casa. Pide ayuda a su amante. Este se la niega. 
3. Ella decide suicidarse.Carlos encuentra las cartas que ella escribía a su amante.

Un dato importante. El protagonista NO SIEMPRE tiene un desenlace feliz. Puede ocurrir que muera. 

Ahora, te invito a practicar. Vamos, escribe ahora mismo tu cuento. No tiene que ser largo. Con unas líneas bastará.

Cómo escribir cuentos a la manera de Chejov

10.1.12

¿Quieres saber cómo se escribe un cuento?

Pues entonces debes leer a Anton Chejov, el mejor cuentista ruso, y uno de los mejores del mundo.

En este artículo, basado en sus cartas, encontrarás algunos tips e ideas que te enseñarán a escribir cuentos. Léelo atentamente.

La lección de Chejov (3). Cartas


Chejov mantuvo a lo largo de su vida una intensa correspondencia con sus familiares y amigos, además de numerosos escritores y gente de la profesión como su editor y directores de compañías teatrales. Tanto fue así que sólo la correspondencia abarca doce de los treinta volúmenes de las obras completas en ruso publicadas bajo la dirección del académico Nikolai Fedorovich Bélchikov (1890-1973).
En muchas de aquellas cartas, Chejov ejerció una actitud crítica sobre los textos de escritores contemporáneos, de jóvenes autores o admiradores que le enviaban sus escritos e, inclusive, de su hermano mayor. En otras se aprecia su relación con Máximo Gorki (1868-1936), desde la juventud y los primeros trabajos de éste hasta la carta que le envió al director de la Academia de Ciencias renunciando a ser académico al enterarse de que su amigo había sido rechazado como miembro de aquella institución.
Hay otras a su editor y amigo Aleksey Suvorin (1834-1912), y muchas más a Olga Knipper (1868-1959), actriz que representaba sus obras y una de las principales figuras del Teatro del Arte de Moscú, con la que acabaría casándose en 1901. También son numerosas las cartas que le dirigió al actor y director teatral Konstantin Stanislavski (1863-1938) haciéndole comentarios sobre los textos o las representaciones de sus obras.
La obra epistolar de Chejov es enorme y comprende múltiples temas, entre ellos el proceso de gestación de algunos de sus relatos más conocidos como "La muerte de un funcionario", "La tristeza", "La estepa", "El pabellón número 6" y "El monje negro", o de dramas como "Las tres hermanas", "Ivánov", "Tío Vania", "La gaviota" y "El jardín de los cerezos".


Para Chejov, la literatura debía fundamentarse en la experiencia: sólo había que escribir de lo que se había experimentado o se conocía. El escritor debía ser objetivo: "El subjetivismo es una cosa tremenda. Es un mal por el solo hecho de que ata de pies y manos al pobre autor", pone en una carta de 1883. En cuanto a la finalidad de la literatura, ésta debía retratar la vida de forma veraz. En una carta de 1887 dice: "La literatura artística se llama así precisamente porque pinta la vida como es en realidad. Su fin es la verdad incondicional y honrada". Y en otra del mismo año: "Seamos tan complejos y tan simples como la vida misma. La gente cena y al mismo tiempo logra la felicidad o destroza su vida".
De los numerosos libros que han aparecido en los últimos años sobre la correspondencia de Chejov, he aquí una breve selección de fragmentos de algunas de sus cartas más significativas:

A Mijail P. Chejov (Abril de 1879)
Haces bien en leer libros. Acostúmbrate a leer. Con el tiempo, valorarás esa costumbre. ¿La señora Beecher Stowe te ha arrancado unas lágrimas? La leí hace tiempo y he vuelto a leerla hace unos seis meses con un fin científico, y después de la lectura sentí la sensación desagradable que sienten los mortales que comen uvas pasas en exceso... Lee los siguientes libros: "Don Quijote" (completo, en siete u ocho partes). Es bueno. Las obras de Cervantes se encuentran a la altura de las de Shakespeare. Aconsejo a los hermanos que lean, si aún no lo han hecho, Don "Quijote" y "Hamlet", de Turgueniev. Tú, hermano, no lo entenderás. Si quieres leer un viaje que no sea aburrido, lee "La fragata Palas", de Goncharov.


A Alexander Chejov (Abril de 1883)
Insistes en llenar tus relatos de tonterías insignificantes, a pesar de que no eres un escritor subjetivo por naturaleza. En ti, ése es un rasgo adquirido. Abandonar esa subjetividad es tan fácil como beber un trago. Uno sólo tiene que ser más honesto, abrirse y exponerse en cualquier parte, no invadir ni atropellar al héroe de su propio relato, renunciar a uno mismo aunque sea por media hora. Tienes un cuento donde una joven pareja de recién casados se besa durante toda la comida, sufre sin causa, llora mares de lágrimas. Ni una palabra sensata; nada más que sentimentalidad. Quiere decir que no escribiste para el lector. Escribiste porque a ti te gusta ese tipo de chismes. Pero supongamos que tuvieras que describir la cena: cómo comieron, qué comieron, cómo es la cocinera, cuán insípido es tu héroe, cuán contento con su fácil felicidad, cuán insípida es tu heroína, cuán divertido su amor por este satisfecho y sobrealimentado bebe-ganso: a todos nos gusta ver gente contenta y feliz, es verdad, pero describir todo lo que se dijeron y cuántas veces se besaron no es suficiente. Necesitas algo más: liberarte a ti mismo de la expresión personal que una plácida y melosa felicidad produce en todo el mundo. La subjetividad es algo terrible. Es mala por el sólo hecho de que revela la mano -y también los pies- del autor. Apuesto a que todas las hijas-de-predicador y esposas-de-empleado que leen tus obras se enamoran de ti; y si fueras alemán, te servirían cerveza gratis en todas las cervecerías atendidas por mujeres. Si no fuera por esa subjetividad, serías el mejor de los artistas. Sabes cómo reír, cómo herir y cómo ridiculizar, posees un estilo acabado y gran experiencia, porque has vivido tantas cosas, pero ¡qué lástima! Todo es material que se desperdicia.

A Dmitri V. Grigoróvich (Marzo de 1886)
Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno sólo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado "círculo literario". Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y dan rienda suelta a sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta, se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial. Esa es la primera razón. La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí. Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo. He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué, he guardado y escondido con mucho cuidado. Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de "abandonar la ciudad en veinticuatro horas", esto es, de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me hallo empantanado. Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo tendría. Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo. No es posible abandonar el carril en el que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí. Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de la noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.


A Alexander Chejov (Abril de 1886)
En mi opinión, una verdadera descripción de la naturaleza debe ser breve, poseer carácter y relevancia. Hay que acabar con lugares comunes como "el sol poniente, bañado en las olas del mar oscurecido, vertió su oro carmesí", o "las golondrinas, sobrevolando la superficie del agua, gorjeaban jubilosas". Al describir la naturaleza, uno debe atrapar pequeños detalles arreglándolos de tal manera que con los ojos cerrados se obtenga en la mente una imagen clara. Por ejemplo, si quieres lograr el efecto total de una clara noche de luna, escribe que un trozo de cristal de botella rota brillaba como una pequeña estrella en el estanque del molino, mientras la sombra oscura de un perro o un lobo pasó bruscamente como una pelota, y así sucesivamente. La naturaleza cobrará así vida si no temes comparar sus fenómenos con acciones humanas ordinarias. En la esfera de lo psicológico, los detalles son también la clave. Dios nos libre de los lugares comunes. Primero que nada, evita describir el estado interior del héroe, tienes que tratar de que se aclare a partir de sus acciones. No es necesario retratar demasiados personajes. El centro de gravedad debe estar en dos personas: él y ella. Te escribo esto como lector que tiene un gusto definido. También para que tú, al escribir, no te sientas sólo. Es duro estar solo en el trabajo. Es mejor recibir un comentario crítico pobre que no recibir ninguno en absoluto, ¿no es verdad?

A I.L. Shecheglov (Enero de 1888)
No debe darle al lector ninguna oportunidad de recuperarse: tiene que mantenerlo siempre en suspenso. Estos comentarios no serían aplicables si "Mignon" fuera una novela. Las obras largas y detalladas tienen sus propios fines particulares, que por supuesto requieren de la ejecución mas cuidadosa. Pero en los cuentos es mejor no decir suficiente que decir demasiado, porque… porque… No sé por qué.

A V.G. Korolenko (Abril de 1888)
Le estoy enviando el cuento sobre el suicidio. Yo lo leo y no encuentro en él nada que pudiera interesarle; es una obra pobre. Ayer di a leer el cuento que estoy escribiendo para la "Sieverny Viesnik" a una muchacha. Lo leyó y me dijo: "¡Oh, qué aburrido!". Eso es: realmente aburrido. He tratado por todos los medios de darle vida; lo he acortado, lo he pulido, etcétera, pero sigue siendo aburrido a pesar de mis esfuerzos.

A A.N. Pleshcheyev (Abril de 1888)
He venido trabajando por largo tiempo en un cuento breve para la "Sieverny Viesnik". Ha debido estar terminado hace meses, pero ¡Dios mío! Siento que no lo terminaré hasta mayo. Desafortunadamente, no estoy satisfecho con él y me he prometido a mí mismo no enviártelo hasta que no lo haya dominado. Hoy he leído todo lo escrito hasta ahora, he reescrito partes y he decidido comenzar de nuevo desde el principio. Aun si no resulta lo que yo esperaba, sabré al menos que trabajé de manera concienzuda y que me he ganado el dinero que pudiera traerme. El cuento carece de interés y de sabor. Yo lo reordeno, lo ironizo, le hago todo tipo de cambios, y aún me deja insatisfecho; así que ya lo tengo decidido: lo terminaré para mayo o lo abandonaré por completo.


A Máximo Gorki (Diciembre de 1898)
Me pregunta cuál es mi opinión sobre sus cuentos. ¿Qué opinión tengo? Un talento indudable, y además un verdadero y gran talento. Por ejemplo, en el cuento "La estepa" crece con una fuerza inhabitual, e incluso me invade la envidia de no haberlo escrito yo. Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección. Es plástico, es decir, cuando representa algo, lo observa y lo palpa con las manos. Eso es arte auténtico. Esa es mi opinión y estoy muy contento de poder expresársela. Yo, repito, estoy muy contento, y si nos hubiésemos conocido y hablado en otro momento, se hubiese convencido del alto aprecio que le tengo y de qué esperanzas albergo en su talento. ¿Hablar ahora de los defectos? No es tan fácil. Hablar sobre los defectos del talento es como hablar sobre los defectos de un gran árbol que crece en un jardín. El caso es que la imagen esencial no se obtiene del árbol en sí, sino del gusto de quien lo mira. ¿No es así? Comenzaré diciéndole que, en mi opinión, usted no tiene contención. Es como un espectador en el teatro que expresa su entusiasmo de forma tan incontinente que le impide escuchar a los demás y a sí mismo. Especialmente esta incontinencia se nota en las descripciones de la naturaleza con las que mantiene un diálogo; cuando se leen, se desea que fueran compactas, en dos o tres líneas. Las frecuentes menciones del placer, los susurros, el ambiente aterciopelado y demás, añaden a estas descripciones cierta retórica y monotonía, y enfrían, casi cansan. La falta de continencia se siente en la descripción de las mujeres ("Malva", "En las balsas") y en las escenas de amor. Eso no es oscilación y amplitud del pincel, sino exactamente falta de continencia verbal. Después es frecuente la utilización de palabras inadecuadas en cuentos de su tipo. Acompañamiento, disco, armonía: esas palabras molestan. En las representaciones de gente instruida se nota cierta tensión, como si fuera precaución; y esto no porque usted haya observado poco a la gente instruida, usted la conoce, pero no sabe exactamente desde qué lado acercarse a ella. Debería dejar Nizhni y durante dos o tres años vivir, por así decirlo, alrededor de la literatura y los círculos literarios; esto no para que nuestra generación le enseñe algo, sino más bien para que se acostumbre, y siente definitivamente la cabeza con la literatura y se encariñe a ella.

A Iván L. Leóntiev (Marzo de 1890)
Me asusta la palabra "arte", como a las mujeres de los comerciantes les asustan los espantajos. Cuando me hablan de lo artístico y de lo anti artístico, de lo que es escénico y de lo que no lo es, de tendencias, de realismo, etcétera, me pierdo, titubeo y respondo con medias verdades banales, que no valen nada. Divido las obras en dos clases: las que me gustan y las que no me gustan".

A Máximo Gorki (Septiembre de 1899)
Un consejo: al corregir las pruebas, tache muchos de los sustantivos y adjetivos. Usa tantos sustantivos y adjetivos que la mente del lector es incapaz de concentrarse y se cansa pronto. Si yo digo: "El hombre se sentó sobre el césped", lo entenderá de inmediato. Lo entenderá porque es claro y no pide un gran esfuerzo de atención. Por el contrario, si escribo: "Un hombre alto, de barba roja, torso estrecho y mediana estatura, se sentó sobre el verde césped, pisoteado ya por los caminantes; se sentó en silencio, con cierto temor y tímidamente miró a su alrededor", no será fácil entenderme, se hará difícil para la mente, será imposible captar el sentido de inmediato. Y una escritura bien lograda, en un cuento, debería ser captada inmediatamente, en un segundo.


A Olga Knipper (Octubre de 1899)
El arte, sobre todo, el arte escénico, es un campo por donde no se puede andar sin tropiezos. Por delante hay muchos días desgraciados y temporadas completamente fallidas; habrá grandes errores y grandes desilusiones. Hay que estar preparado para todo eso, aguardarlo y, a pesar de todo, seguir con empeño, como un fanático, tu propia línea.

A Olga Knipper (Septiembre de 1900)
Olga, querida mía, mi pequeña actriz maravillosa, ¿por qué ese tono, ese humor quejoso y amargo? ¿realmente soy tan culpable? Pues bueno, perdóname, querida mía, mi zagala, no te enfades, no soy tan culpable como te lo hace creer tu desconfianza. Hasta el momento no he podido ir a Moscú porque estaba enfermo, no hay otro motivo, te lo aseguro, querida, te doy mi palabra. ¡Palabra de honor! ¿Me crees? Me quedaré en Yalta hasta el 10 de octubre, trabajaré y luego saldré hacia Moscú o, según mi estado de salud, hacia el extranjero. En cualquier caso, te escribiré. No he tenido carta de mi hermano Iván ni de mi hermana Macha. Evidentemente están molestos, pero no sé por qué. Ayer estuve en casa de Sredin; había muchos invitados, casi todos desconocidos. Su hija está clorótica, pero va al liceo. El padece de reumatismo. En cuanto a ti, escríbeme detalladamente cómo ha ido "La hija de las nieves", cómo ha sido el principio de la temporada, cuál es el estado de ánimo de todos, cómo está el público, etcétera. Y, puesto que no eres como yo, tienes mucho que escribirme, tienes material para dar y regalar, mientras que yo no tengo nada, salvo quizá una cosa: hoy he cazado dos ratones. En Yalta sigue sin llover. ¡Esto sí que es sequía! Pobres árboles, especialmente los del monte de al lado, que durante todo el verano no han recibido ni una gota de agua y están completamente amarillos; es como las personas que no reciben ni una gota de felicidad a lo largo de toda su vida. Hay que creer que así debe ser. Escribes: "tienes un corazón amante, tierno, ¿por qué lo endureces?". Pero ¿cuándo lo he endurecido? ¿Cómo, pensándolo bien, he dado prueba de esta dureza? Mi corazón te ha amado en todo momento, y ha sido tierno contigo, nunca te lo ha ocultdo, nunca, nunca, y tú me acusas así a la ligera. A juzgar por tu carta, deseas y esperas alguna explicación, una larga discusión, con caras serias y consecuencias serias; pero yo no sé que decirte, como no sea una cosa que ya te he dicho mil veces y que, por lo que parece, seguiré diciéndote durante mucho tiempo, esto es, que te quiero, y nada más. Si ahora no estamos juntos no es por culpa mía ni tuya, sino del diablo que ha puesto en mí el bacilo y en ti el amor por el arte. Hasta la vista, mi querida viejecita, que los ángeles te guarden. No te enfades conmigo, palomita, no estés triste, sé sensata. ¿Qué hay de nuevo en el teatro? Escribe, te lo ruego.