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Mario Vargas Llosa. El secreto del éxito.

19.12.11

*** De estos textos se deduce que la clave es...

“Los escritores bohemios ya pasaron de moda, ahora hay que dormir, comer, y trabajar bien para destacar en la literatura”.

“Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia”

"Gracias a ellos [los escritores que lo influenciaron, como Flaubert, Faulkner y Sartre] y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero". 

"Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad". 

"El periodismo me ha dado la obligación de confirmar, de verificar, me ha enseñado lo importante que es la perseverancia. Si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor; sigo verificando, sigo corrigiendo, obsesivamente. Es un gozo para mí escribir, sin duda, pero si detrás no hubiera este esfuerzo no hubiera escrito las historias que ahora forman parte de mi vida. Es una servidumbre y un gozo, un gran gozo". 

"Detrás de las grandes obras literarias hay disciplina, perseverancia, terquedad, espíritu crítico y autocrítico". 

"Sus primeros escritos [se refiere a los de Flaubert] fueron limitados y sus novelas pobres, pero él estaba consciente y como era un escritor ambicioso, insistió y se exigió de una manera casi sobrehumana para buscar la imposible perfección, hasta que logró construir su genio". 

"Escribir es un trabajo que requiere perseverancia, horarios, imponerse una disciplina y respetarla, eso creo que es fundamental. La razón por la cual me someto con tanta facilidad a esa disciplina en mi trabajo es porque no tengo la sensación de que sea un trabajo sino un placer". 

*** Uno de sus amigos dice de Mario: “Mario Vargas Llosa es un gran trabajador. Cuando se levanta se lava los dientes y se sienta a trabajar. Ahí no lo toca nadie y nadie lo molesta. Luego a la una de la tarde almuerza muy ligeramente y así acaba su día de trabajo todos los días del año”.

La niña de la lámpara azul (texto y audio) José María Eguren

24.9.11

En el pasadizo nebuloso
cual mágico sueño de Estambul
su perfil presenta destelloso
la niña de la lámpara azul

Agil y risueña se insinúa
y su llama seductora brilla
tiembla en su cabello la garúa
de la playa de la maravilla

Con voz infantil y melodiosa
en fresco aroma de abedul
habla de una vida milagrosa
la niña de la lámpara azul

Con cálidos ojos de dulzura
y besos de amor matutino
me ofrece la bella criatura
un mágico y celeste camino

De encantación en un derroche,
hiende leda, vaporoso tul
y me guía a través de la noche
la niña de la lámpara azul

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Escucha aquí el poema:

Remedios, la bella

5.9.09

Remedios, la bella —hija de Santa Sofía de la Piedad y de José Arcadio, el del pene descomunal— era de una belleza fatal. Tanto que provocaba la muerte de quienes se enamoraban de ella. Su existencia resulta casi milagrosa, pues no murió, sino que se elevó al cielo como la Virgen María.

Me pregunto si en la vida real existen mujeres con el “don” de destruir a los hombres, y la respuesta es que sí. Las hay. Capaces de provocar su perdición, con sus irresistibles encantos, como las que usaban las sirenas para atrapar a Odiseo.

Para comprobar cómo de mortal era la belleza de Remedios, la bella, leamos el presente extracto de Cien años de soledad del maestro Gabriel García Márquez.

"A veces se levantaba (Remedios, la bella) a almorzar a las tres de la madrugada, dormía todo el día, y pasaba varios meses con los horarios trastrocados, hasta que algún incidente casual volvía a ponerla en orden. Cuando las cosas andaban mejor, se levantaba a las once de la mañana, y se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el baño, matando alacranes mientras se despejaba del denso y prolongado sueño. Luego se echaba agua de la alberca con una totuma. Era un acto tan prolongado, tan meticuloso, tan rico en situaciones ceremoniales, que quien no la conociera bien habría podido pensar que estaba entregada a una merecida adoración de su propio cuerpo. Para ella, sin embargo, aquel rito solitario carecía de toda sensualidad, y era simplemente una manera de perder el tiempo mientras le daba hambre.
Un día, cuando empezaba a bañarse, un forastero levantó una teja del techo y se quedó sin aliento ante el tremendo espectáculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a través de las tejas rotas y no tuvo una reacción de vergüenza, sino de alarma.
—Cuidado —exclamó—. Se va a caer.
—Nada más quiero verla —murmuró el forastero.
—Ah, bueno —dijo ella—. Pero tenga cuidado, que esas tejas están podridas.
El rostro del forastero tenía una dolorosa expresión de estupor, y parecía batallar sordamente contra sus impulsos primarios para no disipar el espejismo. Remedios, la bella, pensó que estaba sufriendo con el temor de que se rompieran las tejas, y se bañó más de prisa que de costumbre para que el hombre no siguiera en peligro. Mientras se echaba agua de la alberca, le dijo que era un problema que el techo estuviera en ese estado, pues ella creía que la cama de hojas podridas por la lluvia era lo que llenaba el baño de alacranes. El forastero confundió aquella cháchara con una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empezó a jabonarse cedió a la tentación de dar un paso adelante.
—Déjeme jabonarla —murmuró.
—Le agradezco la buena intención —dijo ella—, pero me basto con mis dos manos.
—Aunque sea la espalda —suplicó el forastero.
—Sería una ociosidad —dijo ella—. Nunca se ha visto que la gente se jabone la espalda.
Después, mientras se secaba, el forastero le suplicó con los ojos llenos de lágrimas que se casara con él. Ella le contestó sinceramente que nunca se casaría con un hombre tan simple que perdía casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, sólo por ver bañarse a una mujer. Al final, cuando se puso el balandrán, el hombre no pudo soportar la comprobación de que en efecto no se ponía nada debajo, como todo el mundo sospechaba, y se sintió marcado para siempre con el hierro ardiente de aquel secreto. Entonces quitó dos tejas más para descolgarse en el interior del baño.
—Está muy alto —lo previno ella, asustada—. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompió el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento. Los forasteros que oyeron el estropicio en el comedor, y se apresuraron a llevarse el cadáver, percibieron en su piel el sofocante olor de Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con el cuerpo, que las grietas del cráneo no manaban sangre sino un aceite ambarino impregnado de aquel perfume secreto, y entonces comprendieron que el olor de Remedios, la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la muerte, hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de horror con los otros dos hombres que habían muerto por Remedios, la bella. Faltaba todavía una víctima para que los forasteros, y muchos de los antiguos habitantes de Macondo, dieran crédito a la leyenda de que Remedios Buendía no exhalaba un aliento de amor, sino un flujo mortal".