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Pequeñas rutinas de los grandes genios

19.2.14

Benjamin Franklin escribía desnudo y Faulkner dormía de día. Un libro recoge los rituales que inspiraron las mayores obras


Picasso le rogaba a sus musas que, por favor, pasaran a visitarle solo cuando estuviera en su taller y trabajando. Con manchas en la camiseta a rayas y los pinceles calientes, preparado para aprovechar la inercia de esa cosa llamada inspiración. Porque por muy puro que se ponga el arte, dedicarse a pintar, escribir, hacer canciones o fotografías tiene mucho de rutina, de hábito y obligación impuesta por uno mismo. “Sé monótono y ordenado en tu vida como un burgués para que puedas ser violento y original en tu obra”, decía Flaubert, por cierto, todo un señor burgués.

William Burroughs tenía muy claro lo que estaba obligado a dar a cambio de ese trabajo raro: “El precio que un artista tiene que pagar por hacer lo que quiere hacer es que tiene que hacerlo”. Pero, ¿cuál era la fórmula de los cráneos privilegiados de la Historia para convocar musas y pagar esa hipoteca? Al periodista Masson Currey le picó la curiosidad en 2007 y empezó a recopilar en un blog las agendas diarias, las manías y los horarios de artistas y científicos de éxito. El blog fue engordando hasta que se convirtió en libro. Rituales cotidianos, publicado recientemente por Turner en España, da las claves de cómo se le iluminaba el piloto automático de 177 lumbreras.

Mientras dormías

Dormir es el mejor (y el más barato) afrodisíaco creativo. Al menos ello se encomendaban grandes dormilones como Descartes (más de 10 horas) o William Styron. El más madrugador fue Balzac. Cuando estaba embarcado en algún nuevo libro su horario era monacal. Cenaba frugalmente a las seis de la tarde y se iba a la cama. A la una de la madrugada ya estaba en pie. Se sentaba en su escritorio y allí se pasaba unas siete horas seguidas bebiendo una taza de café negro tras otra.

Mozart, componiendo 'Don Juan'. El fondo negro puede no corresponderse a la realidad /CORDON PRESS
Los compositores clásicos también se rebelaron contra la legaña. Beethoven, Mahler o Schubert abrían el ojo al amanecer. “Siempre me peinan a las seis de la mañana y ya a las siete estoy completamente vestido”, apuntaba Mozart. De entre los vivos, el récord es para Haruki Murakami, que ha pasado de gerente de un tugurio de jazz en Tokio a asceta vegetariano de la literatura superventas. Desde entonces, se despierta a las cuatro de la mañana, trabaja cinco o seis horas seguidas y luego se va a correr por el campo.

Baños de aire

Thomas Wolfe: Imagínenlo desnudo / CORDON PRESS
Thomas Wolfe, el escritor más americano y el menos reivindicado de la generación perdida, descubrió una noche su infalible método creativo. Currey cuenta en el libro que en una hora poco inspirada Wolfe se dio por vencido y se quitó la ropa para acostarse. Entonces, desnudo frente a la ventana descubrió que su cansancio se había evaporado de repente. Se sentía fresco y con ganas de escribir de nuevo. Regresó a la mesa y escribió hasta el amanecer “con asombrosa rapidez, facilidad y seguridad”. Intentando descifrar qué había provocado aquel cambio súbito se dio cuenta de que, frente a la ventana, había estado acariciándose inconscientemente los genitales y que aquello inducía una tan “agradable sensación masculina” que había avivado sus energías creativas. Desde entonces, Wolfe utilizó regularmente este método para inspirar sus sesiones de escritura.

Uno de los hábitos favoritos de Benjamin Franklin en sus últimos años era el baño de aire. El estadista estadounidense contó en sus diarios los pormenores del asunto: “Me levanto temprano casi todas las mañanas, y me siento en mi aposento sin ropa, media hora o una hora, según las estación del año, leyendo y escribiendo. Esta práctica no es en absoluto dolorosa, sino por el contrario, muy agradable”.

Benjamin Franklin: Padre fundador, científico y nudista ocasional / CORDON
Arte contra la vida
Kant, ese hombre de lo suyo /CORDON PRESS
Immanuel Kant no salió jamás de su ciudad natal, donde impartió el mismo curso en la universidad durante 40 años. Su criado le levantaba a las cinco de la madrugada. Almorzaba siempre a la misma hora y a las tres y media daba su famoso paseo. Se iba a la cama exactamente a las diez. No se le conocen muchas amigas y tan sólo un amigo íntimo, con quién solía cenar de vez en cuando. Sus biógrafos se han peleado últimamente tratando de desmontar la imagen de hombre robótico que queda del filósofo alemán. Pero es un hecho que su enfermedad, un defecto congénito en su caja torácica que le comprimía el corazón y los pulmones, marcó profundamente su vida, y por tanto su obra. Kant renunció al cuerpo y se dedicó a criticar a la razón pura.

Ingmar Bergman facturó decenas de películas y obras de teatro, hizo además series para la televisión sueca, escribió óperas y varias novelas. Los temas son siempre los mismos: incomunicación, soledad, religión, amor, muerte, locura. “He estado trabajando todo el tiempo y es como un gran torrente que atravesara el paisaje de tu alma", explicó. "Es bueno porque se lleva muchas cosas. Es purificador. Si no hubiera estado trabajado todo el tiempo habría sido un lunático”

Oficinistas con talento

William Faulkner, un currito / CORDON PRESS
Antes de recluirse en una vieja finca sureña con su mujer y el whisky, Faulkner compaginó varios trabajos con la creación de sus novelas. Fue periodista, pintor y cartero. Escribió una de sus mayores obras, Mientras agonizo, por las tardes antes de fichar en el turno de noche como supervisor de una planta eléctrica. El horario nocturno le venía bien: dormía unas pocas horas por la mañana y escribía toda la tarde. De camino al trabajo visitaba a su madre y echaba algunas cabezadas durante el turno, que tampoco es que fuera muy duro.

Franz Kafka / CORDON PRESS
Kafka trabajó toda su vida en una compañía de seguros en Praga, de ocho a tres de la tarde. Vivía con su familia en un apartamento abarrotado, donde solo podía escribir por la noche. Trabajaba hasta las tres y a veces hasta las seis. “Entonces, por lo general con un leve dolor en el corazón y punzadas en los músculos del estómago, me voy a la cama. Hago todos los esfuerzos imaginables por tratar de dormir: esto es, por lograr un imposible, pues uno no puede dormir”.

Madres, crianza y libros

Sylvia Plath / CORDON PRESS
Sólo al final, separada ya de su marido y cuidando sola de su dos hijos pequeños, Sylvia Plath logró encontrar la rutina que le funcionaba para ser una poetisa productiva. A las 5 de la mañana, cuando terminaba el efecto de los somníferos, se levantaba y escribía hasta que los niños se levantaban.

A Alice Munro “le encantaban las siestas” de sus dos hijas. Cuando las criaturas se dormían, se encerraba en su cuarto para escribir. Toni Morrison ha compaginado su empleo como editora en Random House con sus clases en la universidad y la crianza de sus dos hijos. “Cuando me siento a escribir nunca me pongo a dar vueltas. Tengo tantas cosas que hacer que no puedo permitírmelo”. La recompensa a tanto esfuerzo ha sido un premio Pulitzer y un Nobel.

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FE DE ERRORES

Esta noticia ha sido modificada después de su publicación. En el segundo párrafo, se ha corregido una errata en el nombre de William Burroughs. En el último, se ha cambiado el nombre de la editorial en la que trabajó Toni Morrison de Random House Mondadori a Random House a secas. Random House Mondadori fue el nombre de la división de libros en español de Random House durante 11 años, entre 2001 y 2012 y Toni Morrison empezó a trabajar en la editorial desde Nueva York y en los años sesenta.

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 Vía | http://elpais.com/

Su majestad William Faulkner

12.8.12

Los 50 años de su muerte pasaron de noche en hispanoamérica, cuya literatura no sería la que es gracias a sus libros. Por eso hoy lo recordamos

No es un secreto a voces; lo dijo Mario Vargas Llosa y lo evidenció Gabriel García Márquez en Cien años de soledad: William Faulkner es el santo patrono para la literatura latinoamericana; sin embargo, y aun cuando la narrativa de este continente le debe tanto al escritor estadounidense que en 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura, no hubo grandes actividades ni ediciones conmemorativas ni mucho menos congresos en su honor a propósito del 50 aniversario de su muerte.

Faulkner, quien nació en New Albany, en 1897, y murió en Byhalia, en 1962, es autor de novelas como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón! y ¡Desciende Moisés!, además de infinidad de cuentos. Con una amplia obra, sobre todo cuentística, se sitúa como uno de los más innovadores y destacados escritores del siglo XX y su obra se mantiene vigente.

Los narradores latinoamericanos han reconocido siempre la trascendencia del escritor que fue considerado el rival estilístico de su compatriota Ernest Hemingway. En su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alicante, Mario Vargas Llosa afirmó que Faulkner fue el "escritor con mayor influencia entre los cuentistas de su generación" y sobre todo que "sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina".

Hoy, a manera de homenaje, escritores mexicanos de diversos estilos hablan de la obra del narrador y poeta que situó la mayor parte de sus ficciones en Yoknapatawpha Country, un condado inventado por Faulkner, que se localiza al noroeste de Misisipi y cuya capital, también ficticia, es Jefferson.

Guillermo Fadanelli, Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez, colaboradores de EL UNIVERSAL, establecen su relación con el escritor, considerado uno de los creadores de ficción más importantes del siglo XX, a la altura de Joyce, Proust y Kafka; recrean la influencia de su estilo literario en sus obras y establecen la importancia de William Faulkner en la literatura de América Latina.

"El realismo mágico tiene ligas, deudas y relaciones palpables con Faulkner. Mientras agonizo, su novela de sombras, podría hacernos pensar en la obra de Rulfo", dice Guillermo Fadanelli.

Y es que el estilo literario de Faulkner late en la obra de muchos narradores latinoamericanos, lo dijo Vargas Llosa: "Los mejores escritores lo leyeron y, como Carlos Fuentes y Juan Rulfo, Cortázar y Carpentier, Sábato y Roa Bastos, García Márquez y Onetti, supieron sacar partido de sus enseñanzas".

Esa sentencia de Vargas Llosa la refrenda el escritor Élmer Mendoza: "Según confesiones de algunos de nuestros maestros como García Márquez o Vargas Llosa, Faulkner fue de gran influencia; en mi generación leímos su famosa entrevista donde se lanzaba contra las técnica de narrar, y algunos, como (Javier) Marías lo tradujeron y escribieron mucho sobre él. Para mí es uno de los jefes".

La influencia literaria del autor de Sartoris, Banderas sobre el polvo y Los invictos es potente. Está en cuestiones técnicas como su magistral uso del fluir de la conciencia, sus diálogos indirectos y un manejo cronológico del tiempo; pero también en los temas: las genealogías familiares, la mezcla de razas, el fracaso, la creación de un territorio ficticio propio.

Esas fueron influencias fundamentales para que Gabriel García Márquez creara su Macondo; Juan Rulfo su Comala y Juan Carlos Onetti edificara su mítica Santa María, y que en 1989, en una entrevista también afirmara: "Con Faulkner y su novela ¡Absalon, Absalon! me pasó algo extraordinario, la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció inútil seguir escribiendo".

Juan José Rodríguez confirma que Faulkner es fundamental como lectura porque es un maestro de la novela del siglo XX y sus hallazgos siguen vigentes, además de su malicia y pericia narrativa.

"A Faulkner le pasa lo que a Fuentes: mucha gente se concentra en sus primeras grandes novelas y se pierde de disfrutar sus últimos libros por creer que sólo lo fundacional fue bueno. Novelas como La ciudad y La mansión son muy buenas y mi favorita es precisamente la última, The Reivers, que narra la llegada del primer automóvil al pueblo", señala el autor de Asesinato en una lavandería china.



Maestro de generaciones

Élmer Mendoza dice que la influencia de William Faulkner en su literatura es mucha, pero sobre todo en la tipificación de personajes psicológicos, más allá de que fueran urbanos, rurales o marítimos.

"Ese es un asunto que ayuda a resolver los porqués en la narrativa. Y fue parte importante de mi deseo, sobre todo en la postura de escribir fuera de grandes centros urbanos. Para mí, es uno de los escritores que se deben leer, no es fácil crear atmósferas de conflicto prolongadas y en esto Faulkner es un maestro", dice el autor de El amante de Janis Joplin.

Mendoza afirma que la literatura latinoamericana le debe a Faulkner la primera forma de crear espacios, de conseguir que una atmósfera sea parte del proceso narrativo. "Desde luego que sería distinta. Desde la brevedad intensa de Mientras agonizo, al perfil abstracto del devenir en El sonido y la furia, hay una escuela de narrar que ha contribuido para conseguir una narrativa que combina la profundidad con el juego de las miradas".

Juan José Rodríguez dice que quizás por su entorno rural, sureño y apasionado, Faulkner está cerca a través del filtro de Rulfo y García Márquez. "Desde que William Faulkner dijo que un burdel era el mejor lugar para un escritor -y más especialmente desde que García Márquez repitió esa cita en su consagratoria entrevista de El olor de la guayaba- no pocos autores se han sentido satisfechos de que tan patricias testas coronadas por el Nobel sacramenten la vagancia nocturna".

Así, William Faulkner, el maestro y patriarca que hizo fluir de la sangre la metáfora de las pasiones, el obsesivo del lenguaje y creador de párrafos que rozan lo críptico, el narrador que al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1949, dijo que en su literatura estaba "el corazón humano en lucha consigo mismo"; el mentor de América Latina está vivo aunque murió hace 50 años.

Vía | eluniversal.com.mx

El arte de la ficción según Faulkner

1.7.12

En 1956, el autor de El sonido y la furia dio una notable entrevista a The Paris Review.

¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?

Noventa y nueve por ciento de talento… 99 por ciento de disciplina… 99 por ciento de trabajo. Nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Nunca es tan bueno como puede serlo. Sueña y siempre apunta más alto de lo que sabes que puedes hacer. No te preocupes por ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores. Trata de ser mejor que tú mismo. El artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué lo eligen y suele estar demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que va a robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de hacer su trabajo.

¿Quiere decir que un escritor debe ser completamente despiadado?

La única responsabilidad del escritor es con su obra. Si es bueno será completamente despiadado. Tiene un sueño. Le angustia tanto que debe librarse de él. Y no logrará la paz hasta entonces. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo.

Entonces, la falta de seguridad, de felicidad, honor, ¿sería un factor importante en la creatividad del artista?

No. Sólo son importantes para que sienta paz y alegría, y el arte no tiene nada que ver con la paz y la alegría.

Así, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?

El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si Ud. se refiere a mí, el mejor trabajo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del miedo y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es el mejor momento del día para trabajar. Hay suficiente vida social por la noche, si le apetece participar, para que no se aburra; le da cierta posición social; no tiene nada que hacer porque la madame lleva los libros; toda la gente que vive en la casa son mujeres, y lo llamarían respetuosamente “señor”. Todos los contrabandistas del barrio lo llamarían “señor”. Y podría llamar a los policías por sus nombres.

Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

¿Bourbon?

No, no soy tan maniático. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.

Ud. mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Nunca he visto ningún escrito bueno que proceda de haber aceptado dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es de primera, se engaña diciéndose que no tiene tiempo o libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas o cuatreros... Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los buenos no tienen tiempo para preocuparse por el éxito o por hacerse ricos...

¿Qué técnica utiliza para alcanzar su nivel?

Deje que el escritor se dedique a la cirugía o a la albañilería si lo que le interesa es la técnica. No existe una manera mecánica de escribir, no hay atajos. El escritor joven sería un estúpido si sigue una teoría. Enséñate a ti mismo por tus propios errores: la gente sólo aprende a partir de los errores. El buen artista cree que nadie es lo bastante bueno para darle consejos. Tiene una vanidad suprema. No importa lo mucho que admire al viejo escritor, quiere superarlo.

¿Cuánto de su experiencia personal hay en su escritura?

No sabría decirlo. Nunca lo he calculado. Porque no importa “cuánto”. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación, y dos de ellas -a veces incluso una- pueden suplir la falta de la otra. En mi caso, una historia suele comenzar con una sola idea, recuerdo o imagen mental. La escritura de una historia es simplemente cuestión de trabajar hacia ese momento, explicar por qué ocurrió o qué hizo que sucediera después. El escritor intenta crear personajes verosímiles en situaciones emotivas y verosímiles de la manera más emotiva de la que es capaz. Obviamente tiene que utilizar el entorno que conoce como una de sus herramientas.

Algunas personas dicen que no entienden lo que escribe, incluso después de leerlo dos o tres veces. ¿Qué les sugeriría?

Que lo leyeran cuatro veces.

Dijo que la experiencia, la observación y la imaginación son importantes para el escritor. ¿Incluiría la inspiración?

No sé nada sobre la inspiración, porque no sé qué es; he oído hablar de ella, pero no la he visto nunca.

Se dice que, como escritor, Ud. está obsesionado con la violencia.

Es como decir que el carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero. El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.

¿Qué opina de la función de los críticos?

El artista no tiene tiempo de escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: “Kilroy estuvo aquí”. Su función no está dirigida hacia el artista mismo. El artista está por encima del crítico, ya que el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo, menos al artista.

¿Nunca siente la necesidad de comentar su obra con nadie?

No, estoy demasiado ocupado escribiéndola.... No soy un hombre de letras, tan sólo un escritor. No siento placer de hablar de los problemas del oficio.

Por Jean Stein Vanden Heuvel/ The Paris Review

Los pasos de Faulkner

DANIEL FERMÍN | EL UNIVERSAL

William Faulkner (1897-1962) quería que la historia se olvidara de él sin dejar rastros. El escritor estadounidense era una persona reservada que intentaba evitar el protagonismo, que sólo deseaba escribir. Y fueron sus libros los que le deshicieron ese anhelo: el próximo viernes cumplirá 50 años de muerto como una figura de la literatura norteamericana.



El Premio Nobel de 1949 fue un narrador que dejó huella. Que, con sus innovadoras técnicas literarias, acabó con la linealidad del tiempo, incluyó a múltiples narradores, o creó un territorio de ficción propio en el que transcurre gran parte de su obra. "Faulkner es una especie de elemento icónico de la literatura mundial. Fue un individuo que, dedicándose a esos pequeños temas que nos circunscriben a una entidad geográfica, alcanzó noción de universalidad. A través del localismo desarrolló unos temas y personajes significativos como pocas veces se ha hecho en la literatura estadounidense", dijo el venezolano Karl Krispin, un devoto de sus ficciones.

Faulkner tuvo sus seguidores. También detractores. Ese estilo serpenteado, de frases largas que contrastan con las cortas de Ernest Hemingway, aún resulta difícil de tolerar (alguna vez dijo que quería escribir una gran obra de una única frase). "La prosa de Faulkner no es una prosa fácil. Hay que iniciarse, que tenerle muchísima paciencia. Además, él no tiene condescendencia con el lector. Un escritor marca su estilo como los zorros orinan un territorio para hacerlo suyo. Y el estilo de Faulkner es absolutamente suyo", agregó el autor de Con la urbe al cuello.

El nativo de Misisipi llevó ese estilo a muchos escritores. Ya el propio Juan Carlos Onetti dijo que era un plagiador de su obra. También Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo o Carlos Fuentes reconocieron esa influencia. "No hay duda de que sin Faulkner no podría explicarse buena parte del boom latinoamericano. Hasta (Jorge Luis) Borges, que es un escritor canónico, que no pertenece al boom, se interesó por la obra de Faulkner al punto de que tradujo Las palmeras salvajes", indicó Edgardo Mondolfi Gudat, que hace algunos años visitó la casa-museo del estadounidense, en Oxford.

El historiador venezolano, entonces, pidió visitar el lugar, ese pueblo del Sur de Estados Unidos que está en algunas de las narraciones del escritor. Y que ayudó a crear ese condado ilusorio de Yoknapatawpha que es la sede de la mayoría de las ficciones de Faulkner. "De alguna manera, él recrea ese mundo, ese drama del Sur, esa sociedad mal avenida después de la Guerra Civil, en su obra. Ahí está esa violencia que él veía como algo muy propio de la sociedad sureña", explicó el egresado de Letras por la UCV.

Mondolfi Gudat plasmó su visita a la casa del estadounidense en una crónica que publicó en su libro Fantasmas del norte/Miradas al sur, que fue editado por la Fundación para la Cultura Urbana. "Es un lugar casi imposible de llegar, que está muy apartado del mapa. Tres cosas me cautivaron de esa vieja casa: primero, la memorabilia personal de él, todavía conservada ahí; sus libros, sus objetos, sus pipas de maíz, su ropa caqui, sus establos. Segundo, un cuadro de Marcos Castillo, que le obsequiaron en su visita a Caracas. Y tercero, un busto de El Quijote que le regaló Rómulo Betancourt. Me pareció sorprendente que tuviera eso en un lugar visible de su casa. Se ve que lo valoró", recordó el miembro de la Academia Nacional de Historia.

Sí, William Faulkner estuvo en Venezuela en abril de 1961, justo un año antes de morir. Aquí recibió la orden Andrés Bello, dio varias conferencias, fue celebrado por su obra. Aunque al principio no quería venir. Tanto, que dijo en una de sus cartas que no le importaba ni Venezuela ni su dinero. "Había cierta reticencia. Él sentía que el viaje podía no beneficiarlo, o que se viera cumpliendo una función de embajador de buena amistad del gobierno de Estados Unidos. Tenía sus dudas, pero aceptó por el hecho de que tenía algunos vínculos por vía de una hija que vivía en el país casada con un ejecutivo de una petrolera. Se sintió muy a gusto, luego lo dijo, que montó muchos caballos, que era una de sus aficiones".

Faulkner también tenía algunos raras costumbres. Rayaba las paredes, por ejemplo. Sobre una de ellas, al lado del comedor, escribió parte de Una fábula. "Esa es su novela más ambiciosa, y no se le ocurrió nada mejor que utilizar una pared de su casa para hacer la estructura de los tiempos en los que iban a actuar esos personajes. Y todavía eso se conserva como lo dejó", contó el investigador. Arte es escribir novelas en una pared, dirá alguno.

El alcohol era otra de sus grandes pasiones destructivas. Faulkner era un vago que no tenía un trabajo fijo. Alguna vez, en una entrevista, dijo que una de las cosas más tristes que un hombre puede hacer es trabajar durante ocho horas. Piloteó aviones, pintó casas, cortó césped. De hecho, su etapa más productiva fue mientras trabajaba en la administración de un burdel. "Fue un hombre abatido por el alcohol, muy huraño, muy poco dado a celebrarse. Y dentro de ese silencio, construyó esa obra tan maravillosa. Fue un hombre del oficio que lidiaba con la literatura a diario", concluyó Mondolfi Gudat. A los 65 años, lo mató un ataque al corazón. Y, en una de sus cartas, escribió que quería que su epitafio dijera: "Compuso libros y murió". Faulkner dedicó su vida a la escritura.